Entre agua y fuego… Extinción

Por: Magda Irma Palomares

Hace mucho tiempo permanezco abandonada en este rincón de la casa, donde el polvo y la soledad han sido mis aliados para econder la ingratitud humana.
Bueno, no estoy sola realmente. Aquí hay muchas cosas, adornor que se han ido acumulando, trastos, objetos diversos que guardan en este espacio que los demás llaman bodega.
De vez en cuando, alguien abre la puerta para guardar algo más y entonces casi siento la gracia de cobrar vida y el deseo de que me vean y se percaten que puedo continuar dando ilusiones y diversión. Pero no, nadie repara en mí, nadie recuerda, aunque también tengo un pasado, como los seres humanos.
Fue una época feliz en que fui objeto de atenciones especiales: me cuidaban, me arreglaban, me vestían y proporcioné alegría y felicidad a algunas mujeres, principalmente a mi dueña. Fue esa etapa de ilusiones blancas, donde no existe más preocupación que divertirse.
Me crearon para ello, pero entre juegos de inocencia aparente, desperté ese instinto hondo y natural que se esconde en el corazón femenino y reclama, desde siempre, el rol más admirable que desempeña en el concierto social.
Más, como todo lo que inicia también termina, llegó el momento en que ya no fue necesaria mi presencia y como objeto viejo e inservible me olvidaron en este solitario lugar.
Todo este tiempo me he resistido a que mi función termine aquí.
Me acompaña la esperanza de que vuelvan a tomarme en brazos y casi salto de alegría cuando vislumbro por la rendija de la puerta una pequeña figura cuyas manos tratan de abrir para entar al recinto.
Al fin, después de algunos intentos, el esfuerzo infantil tiene éxito y una niña, cuyo rostro me recuerda otro, se introduce a la estancia abandonada.
¡Si pudiera hablarle…!
La luz que se escapa por la puerta abierta pega de lleno en mi figura y es como si mi grito interior encaminara los pasos infantiles a mi encuentro.
En los momentos que las pequeñas manos se levantan para arrullarme, después de tantos años de abandono, una voz de mujer, con acento imperioso que reconozco a pesar del tiempo transcurrido, me arranca de los brazos de la pequeña y me arroja de nuevo al rincón, llevándose a la criatura de la mano, dándole una explicación absurda:
-¡Deja esa muñeca sucia, allí…! Ven a ver televisión o ponte a jugar con el nintendo.

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