Beraud (2)

Por: Rodrigo Tena Figueroa

Apenas había traspuesto el quicio de la puerta de la oficina de Inés, cuando vio que ésta se dirigía hacia él, con una amplia y cordial sonrisa que lo tranquilizó un poco:
–Buenas tardes Don José – le dijo extendiéndole la mano afablemente.
–Inés, cómo ha estado. Usted siempre al pie del cañón ¿no es cierto?…
–Qué quiere que le haga licenciado. Una tiene que comer –dijo siempre sonriente.
–Mi compadre ¿está muy ocupado?…
–Tiene una llamada de larga distancia. Si gusta esperar un momentito…
–Seguro Inés, por mí no se preocupe, ya sabe que soy de confianza –respondió Beraud con el rostro ensombrecido.
Esa era la primera ocasión que Maldonado lo hacía hacer antesala y con rapidez llegó a la conclusión de que, o la llamada era muy importante y no quería que él la escuchara, o bien se estaba dando a desear y ninguna de las dos cosas le gustó.
Casi inmediatamente se escuchó el zumbido del interfon que se encontraba sobre el escritorio de Inés y ésta lo atendió presurosa:
–Dime Fernando…
–¿Ya llegó el licenciado Beraud?…
–Aquí está conmigo, Fernando…
–Dile que pase, en cuanto termine de hablar…
Sin esperar la autorización de Inés, Beraud que había escuchado la conversación, se dirigió hasta la gran puerta de cedro labrado de la oficina privada de su compadre y entró sin llamar en un intento consciente de molestarlo. Maldonado que aún se encontraba hablando por teléfono, hizo un gesto de disgusto al verlo entrar sin avisar y le hizo una seña con la mano para que tomara asiento, mientras continuaba prendido al aparato. Beraud, al tiempo que se acomodaba en uno de los mullidos sillones de piel, aguzó el oído a fin de no perderse la conversación mientras con disimulo, fingía examinar un enorme óleo de El Quijote que pendía de uno de los muros:
–De acuerdo, paro hasta ahí nomás. ¿Está claro?
–……..
–No, tú escuchame. Ustedes hagan lo que convenimos y todo saldrá como está previsto y si alguien se brinca las trancas, me lo chingo ¿está claro?…
–…….
–Ok, tú mantén la gente tranquila y yo paro el cerco de este lado y si hay algún cambio, háblame inmediatamente, a la hora que sea…
–…….
–De acuerdo y tú tranquilito, ¿me entiendes? seguro, nos vemos…
–Maldonado colgó el auricular con toda parsimonia, al tiempo que con la sonrisa de ironía que desquiciaba siempre a Beraud le dijo:
–Qué pasó compadre, ¿ya te estoy pegando lo mal educado?…
El presidente del Partido trató de balbucear una excusa, pero fue interrumpido por el repentino movimiento de Maldonado, que se dirigió al bar mientras decía:
–Pues yo ya me gané un trago compadre, ¿cómo andas tú?…
–Yo todavía no compadre, pero de todos modos dame un vodka tonic con un chingo de hielo, porque me vengo asando…
Con toda calma, Maldonado se dedicó a preparar las bebidas dando la espalda a Beraud, paréntesis que este aprovechó para tranquilizarse y estar en condiciones aceptables para la batalla mental que se avecinaba de forma inminente. Para él, era casi vital salir de esa oficina con la respuesta que el gobernador le exigía en forma perentoria para esa misma noche.
Viéndolo de espaldas como estaba, Beraud pensó que su compadre bien podía pasar por hijo de Moroyoqui. Casi de la misma estatura, espaldas anchas, cabello negro y lacio, exactamente la misma manera felina de caminar y el color moreno subido de la piel que no permitía desmentir su origen indígena. No se explicaba como a sus cuarenta y seis años, Maldonado mantenía aún ese cuerpo atlético que había causado sensación en los juegos universitarios de su ya lejana juventud. Porque habían sido compañeros de incontables francachelas donde las mujeres, el buen comer y el exceso de alcohol eran los ingredientes principales, bien sabía que su compadre no cuidaba su cuerpo y mientras Beraud había aumentado algunos kilos y su vientre se había redondeado, a Maldonado no se le notaba un solo gramo de más:
–Tiene que ser por lo indio –se decía con mal disimulada envidia.
Con la misma calma de siempre, Maldonado se volvió hacia su compadre con los vasos en la mano y extendiéndole uno, le dijo mirándolo fijamente a los ojos:
–Y bien compadre ¿Qué noticias me tienes? –espetó a Beraud a boca de jarro.
–Para empezar, hoy muy temprano –dio comienzo el presidente del Partido– me citaron en el Palacio…
–Eso ya lo sé, compadre –lo interrumpió Maldonado– te recibió el gobernador a las ocho treinta y siete y saliste a las nueve catorce. Dime cosas que yo desconozca –continuó arisco Beraud– ya que estás desesperado por saber, te diré que el gobernador no está muy contento que digamos –suspiró para continuar– quiere que hoy mismo digas si aceptas la diputación o no…
Tal como si no hubiese escuchado, Maldonado dio la espalda a su compadre y agitando los cubitos de hielo de su bebida, se dirigió tranquilamente hacia el sillón de su escritorio, se sentó con toda calma, dio un sorbo a su trago y con la vista en Beraud, le dijo al tiempo que en su cara aparecía esa sonrisa que tanto aborrecía:
–De manera que el señor gobernador me está exigiendo que le resuelva lo más pronto posible…
–Hoy, Fernando, hoy –dijo con desesperación el presidente del Partido, que ya veía venir lo que tanto había temido.
Maldonado que parecía seguir sin oír, dio otro pequeño sorbo a su brandy en las rocas, se levantó y caminó rumbo al bar mientras decía:
–Un poco de hielo no me caería mal, ha sido un dia de mucho calor ¿no lo crees así, compadre?…
Exasperado, pero tratando de aparentar calma, Beraud hizo un esfuerzo para que la plática tomara otro ritmo:
–Ten en cuenta, compadre, que él también necesita presentar las listas de precandidatos –dijo una voz que era casi un plañido– A él también le están apurando y esto debe resolverse a más tardar el lunes.
–Ese, compadre, es problema de él y no mío –dijo con lentitud Maldonado, tratando de subrayar cada palabra.
–Ya lo sé compadre, pero es que habíamos quedado de resolverle esta semana y no podemos quedar mal…
–Habíamos, compadre, es mucha gente –dijo divertido Maldonado al ver las gruesas gotas de sudor que empezaban a aparecer en la frente de su socio y amigo.
–Bueno, acepto –reconoció conciliador Beraud– pero si me comprometí, fue porque pensé que estabas listo y no me ibas a dejar quedar mal…
–Nunca pienses por mí compadre –sentenció Maldonado.
–¿Pero que te parece compadre? ¿Qué no está todo listo? ¿Qué no movimos a toda la indiada del sur para apoyara tu precandidatura? ¿qué no hicimos que se convencieran el delegado y el gobernador y te aceptaran? ¿qué chingados quieres? –inquirió a gritos Beraud.
Maldonado, que al escuchar el despectivo “indiada” se le había endurecido el rostro, miró con ojos de fiera al presidente del Partido:
–Otra copa, José?…
Beraud se quedó petrificado. Había cometido el error que tanto se había prometido cuidar. Sabía que su compadre solo llamada por su nombre a alguien cuando esa furia implacable que él ya había visto desatada en alguna ocasión, estaba a punto de estallar. Esperó congelado durante unos segundos y musitó:
–Por favor, compadre…
Maldonado, para controlarse, le quitó el vaso a su compadre, se dirigió de nueva cuenta al bar para preparar los tragos. Beraud mientras tanto, sin saber que hacer o decir, se hundió en el sillón, en busca de una salida al enfrentamiento innecesario en que se había metido.
Después de un lapso que al presidente del Partido le pareció eterno, Maldonado se colocó frente al él, le entregó la fría bebida sin dejar de ver sus ojos y con toda tranquilidad expresó:
–Dile a “tu gobernador”, que me inscriba como precandidato –hizo una pausa que acompañó con una sarcástica sonrisa y agregó– como precandidato a la gubernatura. (Continuará).

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