Una urgencia es algo que no puede esperar

Por: Silvia Rousseau

Mi profesión me puso en innumerables situaciones donde, el actuar con rapidez o hacer lo correspondiente en cada caso, puede cambiar la historia del día.
Hace muchos años, trabajando en mi consultorio recibí a dos mujeres y una niña. Las mujeres eran de condición muy humilde. La niña era de aproximadamente cuatro años, la llevaba en brazos la comadre. La pequeña tenía los ojos cerrados y respiraba. Empezaba el mes de julio y el calor era insoportable a la intemperie a esa hora del día.
Inmediatamente revisé a la menor, con su vestidito sucio y desgarrado, descalza, con costras de mugre en sus codos y rodillas, el cabello cenizo, la piel ardiendo como una brasa, la boca seca como el desierto de Altar, las cuencas de los ojos visibles a simple vista, sin respuesta a estímulos, estaba viva porque aún respiraba y su corazón pedía a gritos que la salvaran.
La familia vivía en el basurón y no tenían acceso a un medio de transporte, por eso la tardanza en atenderla. Le expliqué a las mujeres que el caso era una urgencia y era necesario trasladar a la menor a un hospital, donde tuvieran todo lo necesario para atenderla. La madre no entendió y calmadamente me pidió una receta para surtirla en la farmacia, y ella darle los remedios en casa como suele suceder en casos que son tratados de forma ambulatoria, nada más lejano que eso.
Le expliqué que el tiempo era muy importante, la idea del hospital no le entraba a la señora por ninguna entendedera. La comadre sí comprendió la gravedad del caso y que el tratamiento era de otro tipo, “la niña se puede morir” decía la señora. Pero las palabras de la comadre y las mías caían en un tremendo vacío, la madre se negaba a seguir mis recomendaciones. Me exigía una receta y se la di. “La paciente requiere hospitalización urgente”. Escribí esta leyenda después del nombre y la edad de la niña.
La mujer se puso furiosa y soltó un rosario de majaderías.
No tuve más remedio que tomar a la niña en los brazos y le dije a la comadre que se subiera a mi carro, con la madre o sin ella la llevaríamos al Hospital General. A regañadientes la mujer se encaramó en el asiento trasero. El carro volaba por las calles, me pasaba los semáforos en rojo con la esperanza de que alguna patrulla me diera alcance, para que me abriera el camino y llegar al nosocomio. Ningún vehículo oficial nos detectó. Llegamos al área de ambulancias y bajé con la niña en los brazos hasta dejarla en una camilla, llamar a los médicos y a las enfermeras.
Cuando me retiraba del lugar la comadre me miró agradecida. La señora que parió esa pequeña seguía refunfuñando sentada en una silla, rompiendo mi receta. Nunca supe el desenlace de aquella urgencia, como tampoco conocí la suerte de otros niños que llevé al hospital ante la inmovilidad de los padres, que esperan demasiado para atender a su hijo, o lo hacen hasta que el inocente tiene menos posibilidades de sobrevivir.

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