Reclamo de un personaje (2)

Reclamo de un personaje (2)

Por: José María Ruiz C.

El joven Meursault se encontraba en una pequeña y maloliente celda en Argel. La humedad se deslizaba por la enrejada y elevada ventana, al tiempo que permitía el paso de los últimos rayos de sol de ese aciago día.
Para él todo había sido muy rápido. El tomar la pistola, dirigirse a la playa, encontrar al árabe y dispararle a quemarropa, había sido todo un mismo evento; como si el tiempo se hubiese detenido para permitir y congelar esta única imagen que encerraba la desaparición de una vida y el encierro de otra. El tiempo, esa entelequia creada por la humanidad, parecía reírse de él.
Observab con detenimiento cada uno de los detalles del aprensivo lugar. Se detuvo a mirar la acerada reja de su celda. Sin tocar los barrotes, paseaba lentamente la mirada sobre ellos. Diríase que deseaba conocer su estructura interna o buscaba algún resquicio en donde descansar su mente. Sí, eso era lo que ncesitaba: un descanso mental. Ya que una y otra vez se hacía las mismas preguntas: ¿por qué disparé el arma? ¿qué me había hecho el árabe? ¿acaso yo lo conocía y le recordaba? ¿quién está detrás de todo esto que está arruinando mi vida? Y así había pasado los últimos dos días desde que estaba preso.
-¡Meursault! ¡Meursault! ¿Qué no escuchas?- gritó un celador que se materializó tras las rejas-. Se te ha estado llamando y no respondes. Se te informa que tienes audiencia con el Juez en este momento. Sígueme -finalizó con esta orden al tiempo que abría la celda y lanzaba una mirada llena de desprecio a este individuo que fue incapaz de producir la más insignificante de las lágrimas por la muerte de su madre. Todos en el pueblo ya sabían su historia, la patética historia de Meursault.
El reo salió con las manos esposadas y el guardia detrás indicándole que avanzara sin voltear hacia los lados. Un escupitajo, proveniente de una de las celdas, le cayó en el hombro; el custodio esbozó una sonrisa y con el tolete le dio un empujón a Meursault para impedir que se detuviera. Caminaron por un largo y oscuro pasillo que daba a una puerta en la que encontraron una amplia estancia con un sucio piso cubierto de baldosas amarillas. Había un par de sillas con una mesa al centro.
-Siéntate- fue la escueta orden del guardia.
El joven presidiario no se atrevía a hablar, se limitaba a observar el recinto en el cual se encontraban. Una vieja lámpara colgaba del techo y su luz, que parecía languidecer, le daba un aspecto mortecino al lugar. Un bicho, algo así como un grillo o un escarabajo -Meursault no lo pudo identificar bien-, se arrastraba tranquilamente cerca de una de las patas de la mesa donde él descansaba sus manos. Por un momento quiso ser ese bicho. Deseó con toda el alma no tener nada que ver con el asunto que allí lo tenía. ¿Cuáles serían las preocupaciones de see bicho? ¿Acaso tenía alguna? Él no lo sabía, pero empezó a pensar que si le daban oportunidad de intercambiar su vida con la del animalejo, se dijo que no lo pensaría más de dos segundos se veía a sí mismo viviendo -y muriendo- como un bicho feliz y despreocupado.
Después de una larga espera, Meursault fue llamado por el juez. Al avanzar unos pasos se cruzó con el bicho que había observado y de forma instintiva le dio muerte con la dura suela de su enorme calzado. Al hacerlo sintió una leve punzada cerca del corazón al tiempo que se preguntaba el por qué lo había hecho. Seguramente ese Albert está detrás de esto también- se dijo mientras arrugaba el entrecejo.
Al llegar al recinto donde se llevaría a cabo el proceso de la declaración con el juez, un grito de alarma llenó la sala de confusión: ¡Fuego! ¡Fuego! -exclamaron unos guardias que venían huyendo del denso humo negro que de pronto llenó el espacio en el que se encontraban. Gritos y empujones por doquier. El instinto salvaje de supervivencia afloró.
Meursault aprovechó la confusión y se arrojó al suelo. Empezó a avanzar a gatas hacia la salida. Todo era confusión y espanto. En su trayecto, en el que se arrastraba como un gusano, se cruzó con un cuerpo desmayado de un guardia; le quitó de un jalón las llaves y con una agilidad inusitaba se liberó de las esposas. Tropezones, desmayos y gritos convirtieron en un infierno la cárcel. El asesino prosiguió su escape. El corazón le saltaba segundo a segundo. Poco podía ver con los ojos totalmente irritados por el humo del incendio. Volteó hacia su pecho y lo vio. Era el escapulario que su madre le había regalado dos años antes de su muerte. Se lo introdujo a su boca, lo mordió con fiereza y continuó su camino hacia la libertad.
Alcanzó la ansiada libertad cuando ya se creía perdido. Corrió tanto como sus pulmones se lo permitiian. Salió del penal y siguió corriendo. Llegó a la costa con el alma hecha pedazos, como una bestia desbocada. Lanzando maldiciones a sus celadores, a los árabes, a los bichos, al uego, ¡a Albert! En silencio juró vengarse de éste último, al tiempo que entre sus dedos sujetaba con fuerza el escapulario cubierto de saliva con sabor a miedo.

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