Un llanto en la noche

Por: Silvia Rousseau

Mi casa era pequeña, con mala distribución de las habitaciones, pero tenía lo indispensable para dar abrigo a una familia recién formada. Mi ciudad estaba sedienta siempre, no teníamos comunicación rápida con las poblaciones cercanas, estábamos ubicados en el centro del desierto, donde los días y las noches son lentos y aburridos, los colores se opacan por la arena que ya iba y venía en oleadas sorpresivas, ululando como en las películas de terror.
Mi casera era además mi vecina, la familia era reservada y muy trabajadora, ellos tenían una manera de pensar muy distinta a la mía, así que evitaba en lo posible ahondar en las creencias individuales, el clima y el costo de la vida eran nuestros temas cotidianos.
Nunca me enteré de sus creencias religiosas, pero había demasiados demonios en las cosas comunes y corrientes, amenazas silentes e invisibles que se evitaban, por ejemplo, ellos no usando jabones para lavar los trastes, solamente se usaba el agua, cosas raras que nunca entendí ni quise indagar. Si había rezos y reuniones en la casona de los vecinos no era de mi incumbencia, pero eran horas largas e intrigantes para quien, como yo, no tenía otra cosa qué hacer más que la rutina y mitotear más allá de la barda.
Mi vista alterada por los medicamentos que tomaba, me impedía leer, escribir y la televisión solamente la podía escuchar, de tal manera que mi entretención era mental, imaginando cosas, resolviendo escenarios contrarios a los que en la vida decidí representar, qué hubiera pasado si… era mi juego favorito, podía estar horas y horas pensando lo mismo.
Una noche, los vecinos recibieron a varias personas del culto religioso, era una de las sesiones donde le daban cabida a la espiritualidad, y reforzaban sus compromisos con la deidad a la que le eran fieles. Una hora más tarde, con la quietud de la noche, claramente escuché el llanto de un niño pequeño, parecía estar lejos y al mismo tiempo cerca. La noche sin luna me retuvo en la recámara donde dormía mi bebé. De pronto el llanto era un alarido continuo imposible de ignorar, aquel pequeño sufría. Opté por cubrirme bien pues era invierno y el frio en el desierto es penetrante, como una cuchillada. Salí de la casa y el sonido del llanto me llevó a un auto estacionado. Me asomé por la ventanilla del asiento trasero y observé a una niña como de dos años, con el rostro bañado en lágrimas, la nariz mocosa y sus manitas desesperadas se pegaban al vidrio. Intenté abrir las puertas del auto, pero tenían puesto el seguro. Sin pensarlo más me dirigí a la casa de los vecinos, debía avisarles de la niña atrapada en la noche oscura y fría.
Con insistencia toqué la puerta y tardaron en abrir, era la vecina, rápidamente le expliqué lo sucedido y ella aseguró informar a los padres de la menor mi recado. Regresé al auto y le dije a la niñita que ya venían sus papás, que no se asustara.
Entré en la casa esperando alguna reacción, pero contrario a lo imaginado, nadie salió de la casa en los siguientes minutos, ni a la media hora, ni a la hora siguiente. El llanto de la niña era tremendo, no creo que nadie escuchara la urgencia que hacía eco en las paredes de la casona, en la barda de al lado y en el viento negro. Los señores simplemente no interrumpieron la sesión espiritual para atender a la criatura. Me pregunté qué Dios es más importante y demandante que una inocente necesitada de ayuda.
Marqué el número de urgencias, seguramente la policía haría algo. A esa hora, en aquel pueblito pequeño de pocas entretenciones, todos sus habitantes se refugiaban en la cocina o frente a un calentón para ver la telenovela en turno del único canal de televisión que teníamos, por eso nada los movía de su lugar y mis llamadas de auxilio fueron gritos apagados en el aire gélido.
Y las horas pasaron. La noche sin estrellas era fácil de notar por la oscuridad de la calle y la ausencia de autos. El sueño asaltaba mis párpados y a mis oídos llegaba el lamento de la niña, ya eran gemidos cortos, a esa hora no podía dejar a mi bebé sola para salir a hablarle a alguien que no quería escucharme. Supongo que la niña pudo reponerse de aquello, porque de lo contrario la noticia habría recorrido los rincones del pueblo.
No puedo explicar lo que sentí aquella noche. Lo comenté con algunas amigas y no quisieron involucrarse, porque en los pueblos chicos todos se conocen y es mejor no hacer olas. Siempre sentí una insatisfacción, una impotencia muy grande por ese evento, han transcurrido treinta y tantos años y aquel llanto en la noche regresa de vez en cuando, aquello fue una negligencia y seguramente no fue la única.
Hoy leí que el estrés del trabajo y la rutina de estos años que vivimos, ha cambiado a los padres y sin darse cuenta, pueden olvidar a sus hijos en los autos cerrados, con un calor sofocante, los pequeños mueren en cuestión de horas y los padres no entienden que eso pudiera pasarles. La ley no prevé un castigo a una acción no premeditada de esa magnitud, lo cierto es que a las familias les cambia la vida. Tristemente ahora los niños no solamente sufren el abandono y el miedo de estar encerrados, tal vez lloren al principio, también les espera una sed terrible, una fiebre espantosa, una agonía larga y nadie, ni siquiera el prójimo que pasa al lado del auto lo puede notar. Las cosas para estos niños han empeorado y eso que ahora estamos mejor.

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