Reclamo de un personaje (1)

Reclamo de un personaje (1)

Por: José María Ruiz C.

El aire fresco de la tarde hacía que su paseo diario resultar más agradable que de costumbre. No sabía por qué, pero ya tenía algunas semanas con una pequeña congoja que le atenazaba las ideas y sentía que no avanzaba en la historia que estaba escribiendo. Gustaba de pasear y retirarse de sus libros y escritos, para luego regresar a ellos. Esto le había funcionado en por lo menos los últimos cinco años.
Distrajo su atención un pequeño gorrión posado en una rama de un sauce. El viento movía a la rama con todo y ave, la cual se aferraba a ella como si fuera ésta su tabla de salvación. ¿Acaso no se da cuenta que puede volar?, elucubraba el hombre haciendo más lento su caminar, y terminó por detenerse. Reacomodó su sombrero y entronó los ojos para enfocar mejor al pajarillo. ¿Qué esperaba? ¿por qué no volaba y se liberaba de ese molesto bamboleo ocasionado por las rafagas de viento?.
-Cada quien tiene sus razones- masculló para sí mismo, al tiempo que se acomodaba su gabardina y sentía que la temperatura había disminuido un poco y la luz vespertina se diluía.
Finalmente levantó los hombros y reanudó el camino hacia su casa. Al llegar lo recibió su esposa:
-Hoy te tardaste más de lo acostumbrado. ¿hubo algún problema?
-No, Margaret. Todo bien- dijo estas palabras emitiendo un silbido parecido a un cansado suspiro, quizás mi distracción me llevó por otros senderos, pero ya estoy aquí. ¿Hubo alguna llamada de mi editor?
-Ninguna.
-Entonces voy a mi estudio a continuar mi trabajo.
Entró a esa habitación que tan bien conocía llena de olor a papel y tabaco. Sus atestados libreros le dieron la bienvenida. Se dirigió a su escritorio en el que encontró una carta dirigida hacia él. La tomó con parsimonia y extrañeza, la extendió e inició su lectura:
Ami muy nada estimado Sr. Albert Caus.
Por medio de la presente le hago constar de mi total inconformidad respecto a los hechos por usted narrados acerca de lo que me ocurrió en ciertos momentos de mi vida.
Ciertamente que la narración está en primera persona, es decir, soy yo el que la describe. Pero resulta que yo soy precisamente un personaje creado por usted. Por lo tanto, lo hago responsable de mis palabras, pensamientos y sentimientos que demuestro a lo largo de la historia.
Por ejemplo, cuando mi madre muere, yo parezco un ser totalmente insensible, carente de sentimientos y emociones. En su sepelio, frente al féretro, ni una lágrima brotó de mi ser. Mis ojos se encontraban secos como un desierto, mientras que los ancianos del asilo murmuraban cosas sobre mí en ese extraño salón en el que reposaba el cuerpo de mi madre.
Déjeme decirle que yo no soy ese a quien usted describe con tanta frialdad y petulancia. He de confesasrle que siempre amé mucho a mamá. Y si fue a parar a un asilo sus últimos años, esto fue así porque usted y sus malditas teclas lo decidieron. Yo tenía hartas ganas de llorar, pero algo me lo impedía y no sabía la causa. Hasta que empecé a sospechar de su existencia. Había indicios acerca de su interferencia en mi vida. Como el no poder llorar cuando en mi interior me sentía destrozado. Y el hecho de parecer insensible ante cualquier situación. Eso definitivamente no era normal.
También le reclamo el hecho de haberme puesto de vecino al viejo Salamano, con su perro que odiaba y amaba a la vez. ¿Qué necesidad tengo yo de lidiar con un viejo cascarrabias que maltrataba a su perro cada vez que le venía en gana? ¿No lo pudo haber colocado en otra ciudad o en otro país, lejos de mi persona y haber tenido así un poco de tranquilidad? Le voy a sugerir, que para sus futuras historias en las que pretenda incluirme, no me ponga personajes tan patéticos con los cuales tenga que relacionarme.
Por último, y esto no se lo voy a perdonar, le pido una explicación acerca del asesinato que cometí en esta historia. ¡Mira que matar con un revólver a un árabe que ni siquiera conocía! Por más que golpeo mi cabeza y me jalo de los cabellos en la celda en la que me encuentro, no logro dar con las razones que yo habré tenido para matar a ese individuo. ¿Acaso el árabe me hizo algo y usted no me lo informó? ¿No sabía usted Sr. Camus las consecuencias que este evento traerían a mi vida? Ahora estoy en una reducida y apestosa celda, incomunicado, y por pura suerte y debido a mi existencia me han permitido escribirle esta misiva que espero esté leyendo, para que así pueda darse cuenta lo que ha provocado su retorcida mente.
Sin embargo, le notifico que estoy dispuesto a hacer las paces con usted con la condición de que ya no se meta más en mi vida. Ocúpese de sus asuntos que yo me ocuparé de los míos. De lo contrario, si insiste en entrometerse, le aseguro que una vez cumplida la condena que se me imponga y salga libre, lo buscaré dentro y fuera de este libro sin descansar hasta encontrarlo, y será entonces que entenderá a cabalidad lo que sintió el árabe.
Atentamente
Meursault
Dobló el papel y lanzó una mirada a su alrededor. De repente recordó con total claridad el manuscrito que tenía guardado desde hacía seis meses en uno de sus cajones. Lo había escrito como un divertimento. Le había servido para desenfocar su mente de una obra en la que trabajaba. Estaba convencido de que era una historia insulsa que a nadie interesaría y mucho menos a su editor. Tenía la seguridad que aún no había sido leída por persona alguna. Con nadie la había comentado, y a su esposa le tenía prohibido que hurgase en sus escritos. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién le jugaba esta broma?
Abrió la puerta del estudio y llamó a su mujer.
-Dime Margaret ¿Qué significa esta carta?- dijo a su esposa, al tiempo que le extendía el papel.
La mujer lo tomó y lo leyó tranquilamente. En el rostro de la dama sólo se fue ibujando un gesto de ligera extrañeza durante la lectura del documento.
-No sé de qué me hablas querido. ¿Acaso esto es parte de otra de tus historias?
-Claro que es parte de otra de mis historias, con la diferencia de que yo no la escribí. Así que te lo pregunto directamente y sin rodeos: ¿Fuiste tú quien escribió esta carta?- y al hacer esta pregunta, sus ojos brillaron como un preludio de tormenta.
-Te repito que no sé de lo que hablas. Y te digo, también claramente, que yo no escribí esa carta. Tú me conoces y ese no es mi tipo letra.
El hombre volvió a tomar el papel. Levantó su mano y se rascó la cabeza, como queriendo comprenderla situación. Observó con más cuidado la carta y reconoció lo que su esposa le decía: ese texto no pudo haber sido escrito por ella. Él conocía muy bien su caligrafía, y la de la carta no correspondía con la de Margaret. Además, ella no acostumbraba a gastarle ese tipo de bromas. De tal forma que quedaba descartada como la autora de este reclamo.
Arrugó el papel y lo tiró al cesto de la basura de su estudio. Subió a su habitación y se dispuso a descansar y olvidar este asunto. Al entrar se percató de que la ventana de su habitación estaba entreabierta. ¨Le pareció extraño, pero en se momento se sentía fatigado y no le parecía sensato investigar a esas horas. ya no deseaba hacer más preguntas a su esposa. Cerró la ventana y se dispuso a descansar. (Continuará).

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