El prisionero

El prisionero

Por: José María Ruiz C.

Se sentía el calor de canícula que tanto castiga al cuerpo. Una sequedad en el ambiente que se introduce por boca y ojos de quien se encuentre presente. Ni una nube se acercaba al valle. El gorjeo de las aves se escuchaba secamente.
Esteban sujetaba sus rodillas y las apretaba con fuerza hacia el pecho. ¿Por qué estoy aquí?, se preguntaba constantemente como repitiendo una letanía imposible de evadir, y cada vez que lo hacía, sentía una espina clavarse en su cerebro, en su mente o en todo su ser; era un dolor de lugar indeterminado, pero con una presencia tan real como el maldito calor de la tierra.
Llevaba seis meses y ocho días en ese apartado lugar. Todo empezó como una cruel broma. Retó a su familia y amigos. Les dijo: “Me voy de la ciudad. Me aíslo de esta podredumbre. Sólo veo rostros sin vida, llenos de muerte. Me voy a la choza en el campo a comer hierbas; a buscarme y encontrarme conmigo mismo”. Sus familiares no lo tomaron muy en cuenta. Estaban acostumbrados al hermetismo de sus palabras. Y sus pocos amigos consideraron que era uno de los tantos efectos de haber padecido interminables noches de insomnio estudiando filosofía.
Seis meses, ocho días y siete horas. Este era el tiempoque Esteban tenía sin cruzar palabra con otro ser humano. Uno de sus objetivos al aislarse había sido precisamente este: no comunicarse más con otro ser de su misma especie. Tenía su rutina firmemente establecida. Cada día, al despertar, caminaba hacia el río y se lavaba tratando de aquietar su mente al contacto con el agua. Sentía que su pensamiento se deslizaba y que las ideas se le iban, tal como veía fluir el agua. una frugal comida a media mañana le proporcionaba un poco de fuerzas que utilizaba para su meditación.
Maldita meditación -pensaba Esteban- ¿Hacia dónde me lleva? Surgen caminos que no entiendo, cada vez son más, pareciera que son infinitos. ¿Cuál es el límite? ¿Cuál es la frontera? ¿Hay alguna maldita frontera siquiera? Mi mente bulle de pensamientos y voces que no logro acallar. Esas voces que infestan mi mente y luchan con mis pensamientos. ¿Cuál es el objetivo, si acaso hay alguno? Como cuando pienso en las nubes que atraviesan este valle. Las veo acercarse, se juntan, me buscan, cambian de forma, me acechan. ¿Qué es lo que quieren?
Ocasionalmente sueltan su agua, que me quema, me lastima. Por más que corro no logro escapar del asedio de estas nubes que permanecen aun cuando cierro los ojos. Y es así, con mis ojos cerrados, cuando con más claridad las veo. Aprieto mis párpados y las estúpidas nubes no desaparecen. ¿Qué carajos quieren? Tengo meses preguntándome. Pero no encuentro respuestas. Siempre es lo mismo.
No era orgullo, ni mucho menos, lo que lo obligaba al aislamiento. No pensaba en el fracaso. No le importaban ya su esposa ni sus hijas. Había algo en Esteban que lo impedía a estar en soledad. Quería ser un anacoreta, un buscador de verdades, un ermitaño. Pero jamás imaginó los vericuetos que encontraría en su mente. Laberintos llenos de retorcidos caminos que lo llevaban a ninguna parte. Fronteras invisbles, que por ser invisibles adquirían una lúgubre fuerza que aguijoneaba su espíritu. Límites que dejaban de serlo una vez que lo alcanzaba, pero mágicamente aparecía una nueva frontera, insatisfacción perenne.
Estas oscuras voces, -continuaba en su soliloquio- voces que me llevan a pensar; pensamientos que me hacen divagar. Descalzo camino entre piedras y abrojos. Lastimo mi cuerpo y no alcanzo a llegar a mi alma. Grito, hablo, murmuro, pienso. Nadie escucha, nadie responde. El camino es oscuro y frío. Abro mis ojos y el panorama más se oscurece.
Esteban sigue buscando con rabia, con frenesí. En este proceso, finalmente se da cuenta, como en una revelación, de que es prisionero. Su mente lo limita, lo reta, le atosiga. Pero en el fondo de sí mismo, en lo más primitivo de su ser, él mismo sabe con absoluta certeza, porque lo está descubriendo, de que hay un lugar en donde se aloja la imaginación; esa pócima que al tomarla lo transformará, lo liberará.

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