México en escenario de guerra

México en escenario de guerra

El Ejército es instrumento represor a merced del presidente en turno

 

 

 

APRO.-
En medio de la inquietud por el inicio del proceso electoral del próximo año, aunado al deterioro económico y los desastres naturales que por estos días son motivo de duelo y zozobra en amplias zonas del país, un cambio en la política exterior pasa un tanto inadvertido.

 

 

En su historia, México había mantenido una política de no intervención en conflictos internacionales. Un hecho: El Ejército Mexicano jamás ha peleado fuera del territorio nacional, y si en el Siglo XIX estuvo destinado a la defensa de la soberanía, es en el combate a sublevaciones y “enemigos” internos en lo que se especializó desde la independencia y con más claridad a partir de su refundación en 1913.

 

 

La única acción de guerra destacada en el Siglo XX fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el país envió una unidad, el aquí –y en ninguna parte más– famoso Escuadrón 201, de pilotos entrenados en Estados Unidos y bandera estadounidense en sus aviones, que sólo alcanzaron a participar ocho semanas.

 

 

El Ejército Mexicano ha sido un instrumento represor a merced del presidente en turno. Inclusive, su involucramiento en tareas policiales para el combate al narco ocurrió en el contexto de las convulsiones sociales y electorales que durante 2006 sacudieron la estabilidad política del país. Desde entonces, las Fuerzas Armadas son severamente criticadas dentro y fuera de México, por violaciones a derechos fundamentales.

 

 

Las Fuerzas Armadas también destacan por su desempeño en tareas de rescate y asistencia en desastres naturales; es conocida la integridad de muchos de sus mandos, oficiales y tropa, algunos preocupados por las implicaciones del aperturismo comercial que implica riesgos para la soberanía, pero cuyas posturas no pueden hacer públicas.

 

 

Pero en cualquier caso se trata de un Ejército para lo interno creado a la luz de una política exterior de no intervención, una línea que desde hace tiempo cambió, pero nunca como en las semanas recientes, cuando el presidente Enrique Peña Nieto y su canciller Luis Videgaray se lanzaron contra el régimen venezolano y, al cierre de la semana pasada, expulsaron al embajador de Corea del Norte, país en diferendo diplomático con Estados Unidos en amago mutuo de acción nuclear.

 

 

En días pasados, el internacionalista Raudel Ávila planteó una serie de preguntas para saber si México está preparado para la eventualidad de una guerra nuclear: ¿Qué haríamos si Estados Unidos exige apoyo militar o económico contra Corea del Norte? ¿Tenemos listos los escenarios de respuesta ante cualquier tipo de involucramiento mexicano en el conflicto? De no participar, ¿qué tipo de represalias sufriríamos? ¿Cuáles serían los efectos para la economía mexicana? (¿Destinados a la guerra? La Razón. 8 de septiembre de 2017).

 

 

Esas interrogantes resultan de primera importancia ante un escenario internacional con ánimo bélico. Venezuela y Corea del Norte son naciones antítesis del deber ser en la noción de democracia occidental, pero eso no es problema para Peña Nieto que ha saludado teocracias y monarquías absolutas –al rey saudí, Salman bin Abdulaziz Al-Saud, condecorado con la Orden del Águila Azteca, por ejemplo.

 

 

En el fondo, la posición peñanietista parece un intento fallido de congraciarse con el estadounidense Donald Trump –un ególatra tan desbordado como el norcoreano Kim Jong-un– que ha demostrado su desprecio por México y su determinación de cobrar cara la relación de su país con el nuestro. Lo preocupante en un escenario de guerra es que, a la luz de los hechos, Peña Nieto está dispuesto a pagarlo.

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