Despertar

Despertar

Por: José María Ruiz C.

Un rayo de luz atravesó la ventana de la espaciosa habitación en la que dormía Ernesto en sábado por la mañana y se posó magistralmente sobre la cama. Ya hacía rato que había amanecido y el nuevo día reclamaba actividad. Se desperezó un poco al sentir la calidez en su espalda y advirtió el descanso de su cuerpo que lo invitaba a la vigilia.
Instintivamente el joven se resistió un poco pensando que era un día inhábil y asimismo podría darse unos minutos más de reposo. Sin abrir los ojos, se entregó a esta tarea. Buscando a Morfeo se encontró con Hipnos.
Soñó que se encontraba en un bosque muy luminoso en donde los colores de todo lo que veía, tenían una intensidad inusual. Se acercó a un árbol y pudo ver en todo su esplendor la corteza del mismo y la savia que circulaba en su interior. Al tocarlo se dio cuenta de que su mano era incapaz de sentir lo áspero del tronco. Esto lo sorprendió sobremanera y lo hizo caminar un poco más y acercarse hacia donde había un frondoso rosal en el que pudo apreciar con una increíble nitidez los colores y la textura de sus flores, el verde de sus hojas, y la agudeza de sus espinas. Pudo apreciar el lento avance de una Catarina sobre el tallo, su tamaño, sus antenas, sus tonalidades, el brillo en sus pequeñas alas en forma de caparazón de manchas negras en un fondo rojo. Los colores tenían una intensidad inusitada.
Acercó su mano hacia el tallo para sentir tanta belleza y comprobar la realidad que veía. Un escalofrío recorrió su cuerpo al percatarse de la insensibilidad en su piel al contacto del rosal. Su vista era capaz de apreciar los colores y detalles en su máxima expresión, pero su sentido del tacto no respondía a ningún estímulo. Con su mano apretó el tallo del rosal y las espinas lo lastimaron sangrándole. Vio con total claridad el rojo de la sangre, sin sentir dolor alguno. Experimentaba el sentido de la vista al máximo acompañado de un nulo sentido del tacto.
Trató de pensar con claridad y supuso que algo extraño pasaba, que era cuestión de tiempo para que todo regresara a la normalidad. Sobre su cabeza pasó volando con gracia una mariposa de alas amarillas con puntos color violeta; levantó su mirada y pudo apreciar estos colores en toda su intensidad, además de los detalles menores como las pequeñas patas, ojos y antenas del insecto.
No salía de su asombro por lo que veía cuando escuchó el sonido de un pájaro carpintero picoteando el tronco de un árbol. Toc, toc, toc, escuchaba, al tiempo que venía con total nitidez el plumaje y el pico del ave repiqueteando en el tronco.
Toc, toc, toc, de nuevo ese sonido, con insistencia y repetidas veces lo escuchaba. Era su madre al otro lado de la puerta.
-Hijo, ya es hora. Levántate que tienes cosas que hacer.
Ernesto escuchó completa la frase que su madre le dijo.
-Sí, ya voy –respondió con una voz grave.
Tomó conciencia de que estaba en su cama, y sintió con más intensidad los rayos del sol que atravesaban la ventana de la habitación. Una pequeña y agradable corriente de aire circulaba en el entorno.
Todavía permanecía con la cabeza sobre la almohada cuando abrió los ojos. Al hacerlo no logró ver nada. Sólo una profunda y densa oscuridad percibió. Un desconcierto general se apoderó de su ser y de momento creyó estar soñando de nuevo. Se tocó ambos ojos con sus manos para verificar si los tenía abiertos. Jalaba sus párpados y pestañas con unos dedos temblorosos. Con sus manos verificaba el abrir y cerrar de sus ojos. Los músculos oculares le funcionaban a la perfección, pero su visión era nula.
Lentamente se incorporó y se sentó en el borde de la cama e intentó encontrar una respuesta lógica a lo que le ocurría. Con sus manos empezó a tocar su rostro. Sus dedos recorrían su frente hasta llegar a las cejas y detenerse en sus ojos. De ahí pasó a su nariz, labios y mentón. Le sorprendió notar un leve temblor en el labio inferior. El contacto de sus dedos con su propia piel lo estremeció. Por primera vez en su vida se estaba sintiendo a sí mismo. Puso las yemas de sus dedos sobre las sienes y lo que percibió lo dejó estupefacto. Descubrió emociones que ignoraba estuvieran en él. Emociones y sentimientos que tenían forma y adquirían significado con el simple hecho de tener contacto con sus manos. Sin embargo, lo que lo tenía aterrado, era su ceguera.
De nuevo su madre con imperiosa voz:
-Abre la puerta Ernesto. Levántate que hoy tienes que limpiar el jardín.
-Ya estoy despierto –alcanzó a decir Ernesto con una voz trémula y cada vez más confundido.
Se puso de pie y encaminó sus pasos hacia la puerta. Palpándola, logró tomar el picaporte con una mano temblorosa y húmeda, lo giró y jaló con la esperanza de ver el rostro de su madre del otro lado. Nada pudo ver en absoluto. Sólo oscuridad. Pero ahí estaba ella.
Extendió ambos brazos y alcanzó los de su madre; al contacto pudo sentir, como un rayo que penetra en la oscuridad, todas las emociones y sentimientos que en ella había: Un pozo profundo jamás imaginado colmado de penas, alegrías, miedo, amor, celos, compasión y miles más de sensaciones todas ellas nuevas para el joven. La abrazo con fuerza y temor, con agradecimiento y con rabia, con dulzura y sin esperanza.
En este despertar encontró la oscuridad y la luz que lo acompañarían por el resto de sus días.

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