Baja productividad(2da. y última parte)

Baja productividad(2da. y última parte)

Por: José María Ruiz C.

Una vez que el empresario concluyó el registro en el lujoso hotel, encaminó sus pasos hacia la habitación pensando en las caricias y el deleite sexual que se avecinaba. En ese momento tenía todos sus sentidos extremadamente despiertos, y el intenso color verde de los jardines lo alejaba de cualquier preocupación o posible sentimiento de culpa. El aroma de cuidados jazmines y rosales le infundió una oleada de energía que le hizo apresurar el paso. Al cruzar por la alberca, decidió nadar un poco después de terminar con este encuentro. Largas brazadas en el interior de una piscina llena de límpida y cristalina agua, siempre le habían tonificado el cuerpo. Despejó este pensamiento y continuó su camino hasta la habitación que se le había asignado.
Introdujo la tarjeta-llave en la ranura correspondiente, y al empujar lentamente la puerta, el aroma de la habitación hizo que sus glándulas salivales, cual perro de Pavlov, empezaran a trabajar. Todo lo que vio lo puso en un estado de excitación con sensaciones que iniciaban en el bajo vientre, subían por su pecho y llegaban hasta su mofletudo rostro, el cual adquirió un tono rosado y la incipiente papada experimentó un ligero temblor.
Al caminar hacia el interior, cerró la puerta con doble seguro e hizo a un lado, con un mohín en el rostro, la botella de champaña que estaba sobre la mesa de centro, ya que contaba con una historia de diez años de abstemio. Mentalmente se felicitó por su perseverancia en la no ingesta de alcohol. Era algo de lo que se jactaba con frecuencia y lo expresaba, a familiares y amigos, como un ejemplo a seguir para alcanzar el éxito.
Recorrió la habitación con una inquietud creciente y observó su reloj con un dejo de impaciencia. Sabía que en unos minutos habrían de llamar a la puerta tal como estaba previamente acordado. Corrió levemente las cortinas y pudo disfrutar de una vista de las costas del Caribe tan impresionante como bella. Un ininterrumpido y leve oleaje se apreciaba sobre el bello color azul turquesa del agua del mar. En ese preciso momento se le vinieron a la mente las imágenes de su esposa y sus dos hijos, ya jóvenes empresarios. Sacudió la cabeza intentando sacar estos pensamientos que lo perturbaban y llegaban en el momento más inoportuno. Lo logró con la eficacia de un experto.
Se desnudó y tomó la lujosa bata de seda que estaba en el armario y se la puso sintiendo un fuerte latir en sus sienes. Justo acababa de vestirse con esta prenda cuando escuchó dos golpes en la puerta que esperaba con ansiedad. Se dirigió a la misma y, al abrirla, se encontró con una niña de nueve años que portaba un vestido blanco con moño y un broche rosa sujetando su cabello, la cual tenía unos ojos grandes y oscuros. Tal como la había solicitado. En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa y sus ojos brillaron con intensidad. Tomó a la pequeña de la mano y la introdujo a la habitación. Como por arte de magia sus preocupaciones y dudas se esfumaron al contacto de la piel de la pequeña, y se congratuló a sí mismo de poder darse estos gustos con tanta eficiencia, tan necesarios, afirmaba en su interior, para la productividad de su empresa.

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