Mi amá Sara

Mi amá Sara

Isidoro Germán Medina.-

No llevábamos la misma sangre, pero probó fehacientemente que eso no tiene importancia. Ella era mi abuela ante todo; ¡mi amá Sara! La madre de mi padre.

Años atrás, casi setenta, don Isidoro Germán Vargas, mi abuelo, oriundo de la Ciudad de México, viudo y con cinco descendientes, fue invitado por un agricultor a estas tierras a ejercer su oficio como mecánico en maquinaria agrícola. Al cabo de unos años, ya establecido, don Isidoro regresó a la gran urbe por sus hijos. Circunstancias desconocidas le permitieron traer consigo únicamente a dos de ellos: Carlos, mi tío, y Ángel, mi papá. Los dos frisaban apenas la etapa infantil.

Evidentemente, para los dos muchachos fue una sorpresa llegar a Obregón y ver que su padre ya no estaba sólo. A pesar de eso, siempre tuvieron en ella a quien les atendía de manera incondicional en todas y cada una de sus necesidades; y lo más profundamente elemental, víctimas del más infame maltrato a manos de quien debía haber velado por su bienestar, encontraron en su madre sustituta el amor y el cariño que durante aquellos años se les había negado; los crió y los trató como si hubiesen sido fruto de sus propias entrañas. Seguro por eso tanto mi tío, como mi padre la miraron siempre con respeto y con un cariño indiscutible.

Al parecer mi amá Sara vino a este mundo para ser la campeona de la crianza. Cuando pasaron los años y mi padre se hubo casado, además de a su propia hija, a mí mismo me hizo en su hogar un espacio, donde recibí las más bellas muestras de cariño y donde, como el escuincle la mar de inquieto y sobrecargado de energía que era, puse a prueba su paciencia y tolerancia con mis travesuras.

No se me olvida la gran cantidad de veces en que, estricto y repentinamente mal geniudo como a veces aparentaba, mi abuelo Isidoro la emprendía en mi contra con regaños y llamadas de atención, aquella chaparrita morenita de lindo cabello ensortijado, tal como suele uno concebir a las veracruzanas, interponíase entre los dos, y haciéndole frente a aquel hombre de imponente personalidad y clara reciedumbre, con firmeza y energía, haciendo relucir su refulgente diente de oro, alzaba la cara sosteniéndole la mirada y le decía: ”¡Déjalo! ¡Yo lo voy a corregir!”

¡Y sí que me corregía! En un momento me veía sentado a la mesa, con un plato repleto de maizoro frente a mí, adornado con sendas rebanadas de plátano y coloreado con una generosa porción de leche bronca, de esa que le compraba un día sí y un día no al señor de la carreta. Y si no me era suficiente, completaba la ración con unos frijolitos bien guisados acompañados de un puñado de tortillas de harina salidas de sus propias manos. “Para que se te pase el susto”, me decía.

Pues así como vio por mí durante algunos años de mi infancia, posteriormente, de forma casi natural y sin dejar escuchar jamás una sola queja ni mostrar el más leve síntoma de cansancio, hízose cargo de los hijos de su hija Guadalupe. Los años siguieron su marcha, y aunque las fuerzasy facultades físicas de mi amá Sara iban poco a poco disminuyendo, con su espíritu sucedía todo lo contrario.

Nada doblegaba a la consentidora abuela. Una nueva generación se posicionaba en sus dominios, y llegaba para ser moldeada por sus angelicales manos. Parecía que ese corazón, entre más pruebas le ponían, más resistente se volvía; que entre más chilpayates le traían, más, mucho más crecía. Porque cuando empezaron a hacerse presentes los bisnietos, ¡para ellos también tuvo cabida!

Cuando me casé… ¡No, yo no le llevé ni uno de mis retoños! Se los llevaba, pero a visitarla de vez en vez. Su casa emanaba tan inmensa paz, que uno sentíase en su propio hogar. Invariablemente éramos bien recibidos. Nunca le faltó qué ofrecer; a pesar de sus visibles carencias, su generosidad no tenía límite. Lo que sí procurábamos era no llegar a la hora de su telenovela preferida. ¡A esperarla!

En el año 67 o 68, no lo recuerdo ahora, un huracán provocó un derrumbe que me causó una herida fatal. Recuerdo a mi papá intentando mantener los órganos y vísceras en su lugar; la herida era demasiado grande. Los médicos del IMSS me desahuciaron. La última esperanza era una clínica del D. F. que le habían recomendado a mis padres. Todo se preparó con increíble rapidez. Pero faltaba un detallito. Mi amá Sara citó en su casa a tres élderes, misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días, los llamados mormones, para que, colocando sus manos en mi cabeza, juntos me ungieran en una bendición.

No fue obra de la casualidad que al presentar los nuevos estudios ordenados por el doctor de México éstos resultaran negativos. “¿Dijeron que este niño no tenía remedio?”, preguntó a mis padres una vez que revisó meticulosamente y estuvo seguro de la fidelidad de dichos estudios. Cierto estoy enque la fe de mis padres, y en especial la de mi abuela y su confianza ciega en los propósitos de Dios, fue lo que me curó. Así, hoy comprendo por qué ella desdeñaba la palabra imposible; fue una mujer que se dedicó a enarbolar su fe hasta las últimas consecuencias.

También me atrevo a testificar acerca de su estrecha relación con El Creador. Él Mismo me lo dio a saber de una manera totalmente inesperada. Escudado en mi trabajo, descuidé durante mucho tiempo a mi amá Sara. Hacía meses que ni me acercaba por su casa. Supe que tenía días hospitalizada. Pensaba con desidia: “La voy a ir a ver ya cuando haya salido.” Pero mis planes no eran los de Dios.

Mi hija Adriana, con casi ocho meses de embarazo, víctima del exceso de trabajo y las presiones no aptas para una mujer en su estado, fue internada en el mismo nosocomio para recuperarse y mantenerse en observación… ¡a tan sólo un piso debajo de mi abuela! Por supuesto, mi esposa y yo le hicimos varias visitas con esperanza, pero sin saber que no se levantaría más. La última vez que la vi, logré atestiguar su lucidez cuando, mirándome con el ojito que le respondía, me dijo: ”¡Cómo te pareces a tu papá! ”Mi prima Zulema, quien se encontraba a mi lado, le preguntó: “¿A su papá Ángel? ¡No, al que ya murió!” Mi abuelo. Fue la señal.

Su día estuvo nublado y unas cuantas gotas de llanto celestial se desparramaron por aquí y por allá en la ciudad. El Cielo no podía esperar más a su nuevo ángel.

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