Kínder

Sandra Mortis.-

Era una guardería grande y limpia, con su entrada, comedor, aulas y jardines que terminaban con una casita de plástico con piso de piedras. También había un aula con cunas para bebés.
Mi hermana y yo ingresamos a los cinco años, el único año de kínder que hicimos antes de entrar a la Primaria. Ahí nos enseñaron, los colores, números y todo lo básico a esa edad. Nos recibieron sin ser internas gracias a la maestra Armida que vivía enseguida de la casa, era una mujer risueña y buena amiga de la familia. Nos llevaba a la escuela caminando, ya que estaba a dos cuadras y esperábamos en los columpios a que los demás terminaran su desayuno en el comedor, que generalmente era avena que no nos gustaba, mi madre nos hacía licuado o nos guisaba huevos.
La maestra nos tomó de ayudantes, para llevar el material de clase a un saloncito con llave, donde había plastilina, hojas, crayones y todo lo necesario para el aprendizaje de niños pequeños.
A la derecha aulas cerradas y una abierta con piano donde una maestra nos daban clases para los eventos de baile. Los salones en escuadra seguían. Había una entrada amplia que se abría de frente al centro del patio amplio con juegos y una pequeña alberca. Recuerdo la vez que nos metieron con cuidado en ella, yo llevaba un traje de baño amarillo con dos círculos abiertos en los lados de la cintura, tenía miedo y llegué casi al llanto, porque había grillos muertos flotando en el agua. Les temía desde que un día en casa se metieron a un zapato y otras ocasiones brincaban sobre mí, me sentía atacada. Mucho tiempo fueron mi temor irracional (entomofobia: fobia a los insectos en especial a los grillos), hasta de joven me paralizaba a ver alguno, con el paso de los años llegué a dominar ese miedo.
Un suceso que me marcó un tiempo en esa primera escuela fue en los juegos, en que había columpios, tranca palanca y otros. Ese día vi que una niña en lugar de subir los escalones y caer meciéndose en el resbaladero, se subía y saltaba al piso, era un resbaladero pequeño con pocos peldaños, por supuesto era acondicionado para los infantes de nuestra edad. Al brincar igual que la compañera, mis piernitas no soportaron el desplome o caí mal y me acuclillé con las manos en la cara, inmóvil, varios se acercaron a ver que tenía.
Llamaron a la maestra que me cogió con cuidado, porque no podía levantarme. La profesora Armida me llevó casi a rastras a mi casa, no podía estirar las piernas. Estuve en cama no sé cuántos días. Mi padre me llevó a unos hombres jóvenes médicos a casa, me dieron terapia hasta que perdí el miedo de volver a caminar.

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