El beso

El beso

José María Ruiz C.El padre le pide un beso a la niña, tal como lo acostumbra todas las mañanas justo antes de despedirse cuando él va a su trabajo y ella se dirige a la escuela. La niña expresa que no le gustan los besos y, como todas las mañanas, se lo niega. Se dan un abrazo, pero la mejilla no es alcanzada por los labios del padre.
Por la tarde se encuentran y él le quiere dar el añorado beso. Un giro en el momento preciso y la frondosa cabellera de la niña le da la bienvenida. Toma con cariño la cabeza de la pequeña y le asesta un beso en lo que tiene más a la mano: el cuero cabelludo.
¿Qué tienes? –le pregunta el padre–. ¿Por qué no dejas que te dé un beso en tu cachetito? Sabes que te amo, eres mi hija, mi pequeña. Te adoro. No sabes cuánto siento este rechazo. –Y el hombre, al decir esto, siente que en su interior un nudo se aprieta un poco más.
No te sientas mal, papi –contesta la niña–. Ya sabes que nunca me han gustado los besos. Yo también te quiero.
Así pasaron los meses que construyeron algunos años los cuales edificaron un par de lustros. El padre insistía en el contacto y la ahora adolescente insistía en el rechazo. Perseverancia y frustración caminaron de la mano este largo recorrido.
La esposa hablaba con él y le decía que no tomara las cosas con tanta gravedad, que ya se le iba a pasar. Mira –le decía con una elocuencia envidiable–, las cosas hoy son diferentes a como eran antes. Ahora los jóvenes ya casi no se acercan a sus padres, son más independientes. ¿Recuerdas tu niñez y adolescencia? Hacíamos sin chistar lo que nuestros padres ordenaban. Bastaba una mirada para entender lo que había que hacer. Déjate de cosas, nuestra hija nos ama, a su manera, pero nos ama. Déjala en paz y acéptala como es.
Tanta claridad y pragmatismo por parte de su mujer, dejaban aturrullado al acongojado padre, mientras que en su interior luchaba por comprender y asimilar estas palabras y reconciliarlas con sus emociones.
Y así fue. El hombre trató de aceptar la situación, aunque no era inadvertido el hecho de que su hija saludaba de beso en la mejilla a la gran cantidad de amigos y amigas que tenía. En cada reunión en casa, ya sea para convivir o para hacer tareas, la chica recibía a la pléyade de adolescentes con un sonoro beso para después pasar a charlar. A la hija parecía no importarle tal cosa. Al padre se le ensombrecía la mirada cada vez que esto ocurría. La madre, al parecer, no advertía estas emociones.
Un trágico accidente acabó con la vida del padre. El cuerpo yacía en el féretro de una concurrida funeraria. La madre recibía el pésame de conocidos y desconocidos con igual consternación. La joven hija se aproximó al ataúd, levantó la cubierta de cristal y acercó, por primera vez, su mejilla a los labios de su siempre amado padre.

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