Azarosos lances (concluye)

Jesús Enrique Noriega Vega.-

A veces el valor y el talento saltan una o dos generaciones. Soy el tercer “Jesús Noriega” en línea de sucesión de la estirpe; y por las ínfulas dinásticas supuse que llevar nombre y apellido de padre y abuelo me hacían depositario del abolengo, con ventajas sobre la parentela. Asumí que por ser el tercer eslabón de la “noriegada” me tocaba el mérito de heredar el legado del clan -que va para el siglo de extravío-. Crecí creyéndolo así. Agarré mi dotación genética y me lancé de lleno a conquistar el mundo con más entusiasmo que previsiones, atropellado, con más empeño que plan de vida.
Degradando las ilusiones de la juventud en el disfrute de la inmediatez, llegaron tiempos en los que terminé viviendo una vida invivible, sin centros, sin yo. Sin mapas de riesgos o rutas de escape, los trastazos tornaron al joven entusiasta que era en hombre de profundos escarmientos. En los avatares de la vida, las caídas llegaron con categoría de descalabros sin salvación y los triunfos con etiquetas de reconocimiento a una vida de sacrificios. Hoy, sin amo a quien servir ni, esclavo a quien mandar, sin prestigio, sin fortuna ni posesiones, quedé lejos de cumplir el anhelo de darles a los míos y de trocar el sino perdedor de la dinastía. El complejo de Dios reventó en añicos.

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