Acampados en Buenavista

Enrique Cázarez Zamudio.-

Corría el año de 1947 cuando se dió inicio a la construcción de la presa Álvaro Obregón, más conocida comúnmente como la presa del Oviáchic.
En ese entonces el presidente de la República lo fue el licenciado Miguel Alemán Valdez y el gobernador del Estado de Sonora era don Ignacio Soto.
La compañía encargada de esa obra se llamaba “Constructora Urbanizaciones” y duró seis años (1947-1952) para terminarla y dejarla completamente lista para que almacenara las aguas broncas del río Yaqui y sus afluentes. De tal manera que su cuenca abarque 71 mil 452 kilómetros y su area de embalse de 16 mil 456 hectáreas -su capacidad de almacenamiento de 2 mil 989 millones de metros cúbicos sin agujas y de 3 mil 226.7 millones de tres con agujas y el costo de su construcción fue de 150 millones de pesos.
Hay todavía gente que lo recuerda, y según esta empresa dio empleo a más de tres mil trabajadores que ganaban 6.60 como salario mínimo y los empleados de confianza ganaban 11.04 pesos diarios- también se recuerda que trabajaban tres turnos de ocho horas cada uno, sin parar, hasta el día sábado -algunos se desempeñaban como operadores de maquinaria, otros como mecánicos- así, como carpinteros, soldadores, torneros, electricistas, choferes, personal técnico, intendencia y de oficina y en general peones en su mayoría.
La maquina pesada que era bastante consistía en dragas, yunkes, tornapules, góndolas, escrepas, motoconformadoras, dompes, palas mecánicas, pipas, engrasadoras, vagondiles perforadoras y carros comandos especialmente para los ingenieros y jefes de turno -la mayoría de esta gente provenía del centro y sur de la República y acampados al poniente de la presa, en donde hoy está el poblado de Buenavista y que ahí mismo estaba la pagaduría y que le denomiaban “La definitiva”, haciendo las “rayas” cada fin de semana -cntaban con un sindicato que al parecer existía de puro “parapeto”, pues carecían de toda clase de prestaciones; también tenían un pequeño consultorio médico que lo atendía el doctor Federido Watanabe.
Los lugareños podían trabajar en otras compañías si así lo preferían, pues estaban también “La Chisa” (Construcciones Hidráulicas, S.A.), encargada de la perforación de túneles- también estaba “La Victoria” era la encargada de construir el Canal Alto y la “UTAH” compañía encargada de pavimentar las calles de Ciudad Obregón y de abrir los caminos en el Valle del Yaqui. Estas constructoras tenían su campamento y sus oficinas acá en el poblado de Esperanza.
Muchos aprovecharon para hacer su modus vivendi como Isaías Esquer Amavizca (a) “El Pollo” y el señor Mundo Gómez para poner sus changarritos -otros con el negocio del “billar” como Toño Pazos, Luis Ruiz y Ramón Covarrubias que al mismo tiempo vendían cerveza y licor acá “bajo cuerda” y que deleitaban a la concurrencia con melodías de esa época con un viejo tocadiscos -lo mismo se hacía en un restaurante que instaló una señora de nombre “Lola Beltrán” que también vendía “cheve” a diestra y siniestra atendido por unas de “esas” chicas que fuman y toman, de esas que truenan el chicle y que arrastran el tacón -además que funcionaba como aguaje durante todas la noches, también se les daba “servicio” a los viejos solterones que estaban por ahí.
Otro tipo de diversión lo trajo un señor al que conocían por “Chalío”, que llegó con un flamante tocadiscos de bulbos y una plantita de luz con lo que hacía bailar a todos los chavos enamorados.
Y no podía faltar una sala cinematográfica. Entonces apareció don Wilfrido Oloño y estrenó su “Cine Luz” que noche a noche tenía lleno a reventar, sobre todo si eran películas del ídolo del momento Pedro Infante, sin importar que en ese entonces las películas fueran en blanco y negro. Hubo también personas que hicieron curtuchos de horcones y ramadas que vendían a la gente que venía a trabajar y no faltó una señora con cuatro hijos ya grandes que también vinieron a “trabajar” dicen que esta señora era más visitada que el doctor Federico Watanabe, pues vendía “mota”, vendía marihuana y que sus propios hijos eran sus mejores clientes, que no recuerdan su nombre, pero le decían “La Estufa”, porque tenía cuatro buenos quemadores.
Y no todo era dulzura ni felicidad, también hubo momentos desagradables, como el asesinato del ingeniero Juan Subiría -se cuenta que el ingeniero Jorge Rojano solicitó permiso para faltar, ya que su esposa estaba a punto de dar a luz. El ingeniero Subiría, que era su jefe inmediato, se lo negó, amén de que ya existían rencillas entre ellos. Después de esto, molesto, el ingeniero Rojano sacó de su casa un rifle calibre 30-06 y sin más le disparó al ingeniero Subiría directo al pecho, muriendo al instante-. Otra lamentable tragedia fue la del jovencito Evodio Haroz Castro, de 18 años de edad, miembro de una honorable familia de Esperanza y recién egresado de la secundaria- Evodio tenía el puesto de checador en la compañía y ese sería su último día de trabajo, pues ya se había inscrito como universitario en una escuela de Hermosillo, queriendo formarse un futuro mejor -aquel día 29 de agosto de 1950 a eso de la una de la tarde, hora que dedicaban para comer- Evodio sacó sus alimentos del morral y se sentó regarcado en una de las enormes llantas de un yunke; el trágico destino lo acechaba, pues intempestivamente, la pesada unidad empezó a moverse quizá por la vibración de las demás unidades y sucedió lo inesperado -la pesada máquina se desgobernó y pasó por encima del infortunado muchacho desquebrajandolo completamente.
Es así como escribimos una página más para hacer recuerdo de aquellos tiempos tan bonitos porque había progreso -pero también tristes porque tocamos las ilusiones frutradas en la vida de un muchacho en plena flor de su juventud pero que lamentablemente así sucedió.

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