Un accidente afortunado

Sandra Mortis.-

Evado los autos, vuelo con mi muleta que uso por tener una pierna más corta que la otra. Me cuido de las bestias en esta selva, cuando los autobuses casi me arrollan. No tengo la culpa de estar así, fue mi madre por ser casquivana y drogadicta. Lo que me queda es vocear mis periódicos colgados de un morral en mi cuello, lucho entre dragones desde niño, para llevar algo a casa a salvo de este inclemente oficio. Muchos me insultan porque me les atravieso, pero no me importa, ya me acostumbré.
Cuando acompañaba de pequeño a mi madre a los centros de baile, donde encontraba clientes, alguno de los cuales fue mi padre, me regaló una armónica uno de sus tantos pretendientes. Era joven y bella, yo su “niño anormal” que nunca mandó a la escuela.
Ahora tengo treintaicinco, ella está sola y avejentada y soy lo único que tiene. Trabajo para mi mamá, las ventas se las llevo enteras y ella me da frijoles para cenar. Madrugo todos los días, enredado entre automovilistas y citadinos que me compran al vocear: “Aquí llegaron las noticias, las últimas noticias compa”. Y la mayoría quiere saber lo que ocurre en el mundo.
Algunos me insultan por mis piernas, pero ya me acostumbré y ni hago caso. Hasta me da ventajas sobre mis compañeros, vuelo de aquí a allá, con piernas como alas, tengo mucha ligereza, la muleta es casi parte de mi anatomía.
Al llegar sin ningún periódico al barrio, los niños me esperan y me dicen: “Tóquenos una de esa de cuando era niño”. Yo sacó mi armónica y tocó feliz. Aun en mi condición, soy independiente, sigo mi vida sin rencores por las burlas de ciertas personas. Pero al verme cómo me empeño en el trabajo y agradezco a los que me ayudan, ahora tengo muchas amistades.
Un día de vuelta a casa se me hizo noche, en una de las callejuelas de las barriadas que rodean a la ciudad, por las que transito para llegar a casa; vi a dos hombres que atacaban a otro con navajas. La víctima, un conocido de mi barrio, pero tuve miedo de intervenir directamente porque eran dos y la prudencia me dictó que ni con la muleta podría enfrentarlos, estaban fornidos y tenían facha de ser malandros de profesión. Alguna rencilla los había orillado a atacar al joven Mario, que a pesar de ser un buen muchacho de veinte años, la pobreza y malas compañías lo habían conectado con el hampa.
Esperé a que se fueran para auxiliar al afectado, rogando internamente porque no lo mataran. Entonces se me vino una idea, busqué a mi alrededor y cogí una piedra tirándola lejos para asustarlos y así fue, al oír el ruido salieron corriendo dejando el herido a su suerte.
Me acerqué lentamente a Mario, las piernas me temblaban por el susto, seguramente estaba drogado porque no se defendió, ni gritó pidiendo auxilio. Vi que tenía heridas en varias partes del cuerpo, pero todavía vivía. Busqué ayuda antes de que volvieran a rematarlo.
Al llegar a la vecindad fui con el médico del lugar que era un filántropo. Su profesión la estudio por una beca que ganó porque siempre destacó en la escuela. Llegué balbuceando asustado, le dije que me acompañara, cogió su maletín y nos fuimos. Mario estaba como lo había dejado y entre los dos lo llevamos a su casa, donde vivía solo. Había venido a la ciudad a estudiar mientras su familia estaba en la provincia, pero un mal amigo lo introdujo en el vicio.
El doctor le curó las heridas que no eran profundas, ni habían tocado algún órgano vital, lo vendó y me quedé cuidándolo toda la noche. Pero al amanecer ya estaba consciente, el efecto de las drogas había pasado y gritaba por el dolor. El doctor volvió en la madrugada y me dijo que había unos hombres en el callejón donde atacaron a Mario, por lo que decidimos llevarlo a casa del médico, corría peligro en su vivienda.
Investigamos en qué lugar podrían darle rehabilitación para devolverlo a su familia en la provincia, donde estaría a salvo. Mario estuvo de acuerdo y lo internamos para desintoxicarlo. Seguimos al tanto de su recuperación. A Mario se le salían las lágrimas de agradecimiento cada vez que nos veía llegar. Al darle de alta, el médico se encargó de contactar a la familia que lloraron al ver las cicatrices y lo llevaron con ellos.
Sigo vendiendo periódicos, pero en secreto estoy al pendiente de los movimientos del cártel que opera en mi barrio y los alrededores, cuidando a los jóvenes. Escojo a los niños que vi crecer y conozco sus habilidades, organizo partidos para los deportistas, también de ajedrez y lectura, ya que entré a la escuela y ahora que sé leer consigo libros que comparto con todos los jóvenes interesados.
El cártel que operaba ahí se cambió a otra parte de la ciudad y ahora los padres de familia están en paz, por lo que donaron un lugar para que yo realice estás actividades ganando un sueldo y ayudo a la comunidad. Ya no vendo más periódicos y mi madre murió intoxicada antes de que pudiera evitarlo; por ello lo hago con más ahínco. Mi meta es seguir preparándome para apoyar a más niños y jóvenes. En los ratos libres toco mi armónica, compañera inseparable.

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