“Qué bonito es gozar del amor con tu viejo”

Por: María Guadalupe Moreno Robles

Doña Maura me causaba mucha ternura. Mujer rolliza, muy rolliza, de tez morena y pelo cano recogido en dos trenzas que coronaban su cabeza. Por muchos años fue trabajadora doméstica en casa de mis padres. Se encargaba de lavar, remendar y planchar nuestra ropa, así como de hacer las sabrosas tortillas de maíz y tostar y moler café.
Un día de tantos, conversaba con otra de las mujeres encargadas de la limpieza de la casa. Esta mujer se ufanaba en decir que a ella su marido nunca de los nunca la había visto sin refajo.
Doña Maura, sin dejar de planchar, río socarrona al tiempo que contestaba, palabras más, palabras menos: “Ay, Manuela, tú sí que no sabes lo bonito que es gozar el amor con tu viejo”
A los diez años me quebraba la cabeza intentando entender la conversación e imaginando ¿qué era para doña Maura gozar del amor con su viejo? Que la verdad sí que estaba muy viejo y flaquito y ella demasiado gordita. Ellos no tuvieron hijos; sin embargo, sus rostros viejos tenían sonrisa y mirada joven.
El recuerdo de este matrimonio regresó a mi presente mientras pensaba cómo explorar, primero, y después escribir sobre las cavernas de mi montaña (mi sexualidad).
Yo sí tuve hijos, pero mi sonrisa y la mirada fueron viejas, en un rostro joven, por muchísimos años.
Entre los 21 y 25 años parí a Ignacio y Andrés, mis amados hijos. No sé qué tan buena madre he sido; creo que soy más su amiga; no pertenezco al grupo de madres sufridas que por sus hijos deciden “sacrificarse” , aparentando ante la sociedad una vida familiar “perfecta”, donde la abnegada esposa sonríe benevolente y resignada a la suerte que le tocó vivir.
Mucho de mi comportamiento se lo debo a mi amiga María Auxilio, quien enérgicamente sacudió las fibras de mi naturaleza femenina aquel día en que me recordó que yo era responsable de mi felicidad; y también a una frase que he escuchado infinidad de veces por muchas mujeres, inclusive mi madre, quienes aparentemente resignadas, pero hartas de su situación marital, refriegan en la cara de sus hijos la frasecita: “Por ustedes soporto esta vida al lado de su padre…”.
En mi caso decidí liberarme, ser independiente como mujer y ser madre-amiga, o simplemente amiga de mis hijos, y no convertirme en víctima y sacrificar mi crecimiento profesional y personal con el pretexto fútil de que debía ser madre protectora de 365 días. Estoy convencida que acerté en la educación de mis hijos, pues creo firmemente que, si quiero dar felicidad a los que amo, primero tengo que amarme muchísimo para crear en torno a mi familia un ambiente de armonía, de amor y de mucha comunicación y confianza.
Como madre me siento complacida y llena de gratitud a Dios y a mis hijos, por ser hombres exitosos, responsables, buenos padres y esposos, y por el amor que nos une; reconozco, a pesar de todo lo vivido, que debo agradecer al padre de ellos, pues tuve la hermosa experiencia de la maternidad.
El hecho de procrear hijos y ser esposa, desde luego que no significa ni por asomo que una mujer es plena en la complacencia de su sexualidad; misma, que no circunscribo al mero acto y placer sexual.
En la sexualidad femenina, cuando menos en el disfrute de mi sexualidad, para que sea plena intervienen factores emocionales, anímicos, de respeto por mi cuerpo para disfrutar placer y no sólo otorgarlo, sino compartirlo plenamente con la pareja.
Como mujer no me basta con ser deseada ni requerida sexualmente por mi hombre, sino saberme protegida, amada, acariciada con dulzura, con pasión, sentir el roce de la piel y el olor del amor.
Al paso de los años, las experiencias vividas como mujer en una amalgama de amores y desamores, sueños, desencantos, errores y aciertos en la elección de pareja, han sido extraordinarias vivencias, pues me permitieron llegar con madurez y sin tabúes al encuentro del verdadero amor físico y espiritual. Amor en plenitud en la mejor etapa de mi existencia.
A los 62 años, acompañada amorosamente por un hombre maravilloso de 69, puedo expresar que he descubierto que el sexo, en su más profundo sentido humano, es comunicación, es la expresión del amor a través del cuerpo, donde nada tiene que ver la belleza física, ni la edad, ni la condición social.
Lo único trascendente es la identificación física, emocional y espiritual de quienes unen cuerpos y espíritus para disfrutar de los goces de su sexualidad.
Doña Maura tenía muchísima razón: “Qué bonito es gozar del amor con tu viejo”.
Mi esposo y yo pertenecemos al clan de la tercera edad, con sonrisa y mirada joven, porque vivimos día a día con la fe de conservar y mantener vivo este espíritu de amor y erotismo que nos identifica.

Octubre de 2004

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