Nuestra fábrica de sueños

Nuestra fábrica de sueños

Por: Sergio Anaya

Eso sucede con los viejos cines. Terminan convertidos en estacionamientos de automóviles, como el “Cinema Paradiso” de Giuseppe Tornatore y el cine “Cajeme” que desde 1957 fue la fábrica de sueños más querida de la ciudad.
Aquella década cuando el cine mexicano llegaba a su esplendor y las caravanas artísticas recorrían el país con los cantantes, cómicos y vedetes del momento.
Mucho se lamentó el cierre y posterior demolición del cine “Cajeme”. Los recuerdos abundaban sobre las películas del Santo, los Enrique Guzmán, los César Costa, el Piporro, el “Látigo Negro”, todos los ídolos que poblaron los sueños y la vigilia de las generaciones crecidas entre la década de los cincuenta y los sesenta.
Los matinés, las funciones al 2×1, funciones sólo para adultos, tres películas en una noche, estrenos del cine internacional, Isela Vega y Julio Alemán. Las imágenes se agolpan obedeciendo al criterio selectivo de la memoria. Recuerdos que son lugares comunes, como el primer beso a la novia en la oscuridad de la sala, el grito de “¡Cuidado, Santo!” para alertar al Enmascarado de Plata. La lascivia del tipo que cuando menos lo esperabas, María, puso su mano sobre tus piernas.
Otros recuerdos hablan de las carpas “Belmont” y “Corona” que aquí presentaron al mismísimo Pedro Vargas, a María Victoria, a Tongolele, Carlos, Neto, Titino y las celebridades del espectáculo que la gente sólo conocía a través de la radio y el cine.
La demolición del “Cajeme” suscitó también el recuerdo de los viejos cines sin techo, donde al amparo de las estrellas se compartieron películas y sueños. El “Pitic”, el “Máximo” de Plano Oriente, el “Cinelandía” de la Veracruz, el “California”, el “Mexicano” en Allende y Nuevo León, los cines de las colonias y el de gitanos.
A todos se los llevó el tiempo.

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