La ventana

Por: América Pina Palacios

Es curioso cómo todas las tardes llueve en esta ciudad. Así es México. Mi vecina del edificio de enfrente se divierte mirando la gente pasar empapada. Seguramente ahora me mira a mí; quizá se imagina cómo el agua corre gota a gota sobre la piel de mis brazos mientras saborea su taza de café, y yo corro hasta la entrada de mi edificio.
¡Qué agradable saborear un delicioso café, mirando como llueve y sin mojarse! Pero ya he llegado a mi departamento y ahora estoy al mismo nivel que ella. Se encuentra sentada en el sillón, enseguida de su cama, y sobre sus pies, como si los calentara, se encuentra su perro, lanudo y pachón; parece de juguete.
Nos miramos a la distancia, pero no nos sonreímos. A pesar de vivir frente a frente somos dos extraños; nunca hemos cruzado una palabra y yo ¡tengo tanto qué decirle!
He llegado temprano a casa, apenas las 4 p.m., y lo único por hacer es… contemplar a mi hermosa vecina.
Mi madre me ha llamado por teléfono, quiere que compre el pan para la merienda un poco antes de las 6; después oscurece con rapidez y la ciudad se convierte en una selva.
Descansaré un rato. Tendido en mi cama aún puedo contemplar a mi vecina. Desde lejos parece que en el interior está oscuro, y aunque no es noche sólo puede verse si la luz está encendida pero… precisamente mi vecinita ha encendido la luz ¡Dios mío! ¡Qué espectáculo! ¡Empieza a desvestirse!
Con frecuencia me hace estos regalos, es un verdadero regocijo para mis ojos, no sólo su cara es hermosa, su cuerpo… ¡Ay, su cuerpo! Es el culpable de todos mis desvelos.
Ya apaga la luz y parece que va hacia la sala… luego la cocina, apenas puedo vislumbrar su figura, su figura de diosa ¡Si yo me atreviera a hablarle! La siento tan distante.
¡Jesús! Las 6 y no he comprado el pan. Mi mamá no tarda en llegar.
Parece que mi vecinita tiene visita. ¡Ah sí! Ya he visto a ese muchacho y no le encuentro méritos suficientes para conquistarla. Aparte de que siempre anda muy bien vestido, no le veo ningún otro atractivo.
Salen juntos del edificio, van muy cerca uno del otro, seguro ellos también van por el pan para la merienda. ¡Porqué no soy yo, Dios mío! ¡Qué feliz me sentiría!
Yo la tomaría del brazo para que no fuera a caerse, la lluvia dejó la banqueta resbalosa; así aprovecharía para estrechar mi mano cerca de su seno, que placer sentir su cuerpo aunque sea en forma subrepticia; alguna manera encontraría para acariciarla disimuladamente, no por lujuria, sino porque de verdad estoy prendado de ella.
¡Lupe, Lupe! ¿Ya tienes lista la merienda?, pasa un poco de las 6 y mi mamá no tarda en llegar.
No joven, todavía no termino. ¿Por qué Lupe? Estaba platicando con la muchacha que trabaja aquí enfrente, ahí donde vive la señorita que a usted le gusta, y me contó… ¿Qué te contó? Pues ayer pidieron a la seño Lety y se casa dentro de seis meses. ¿Ya ve? Usted, por atarantado, nunca le dijo nada ¡Con tanto como le gusta! y se la dejó ganar.

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