La muerte de mi padre

La muerte de mi padre

Por: José María Ruiz C.

Recuerdo que de niños, mi hermano y yo, de 6 y 7 años, respectivamente, le preguntamos a mamá qué le podríamos regalar a nuestro progenitor el Día del Padre, el cual ya estaba muy cerca. No recuerdo exactamente su respuesta, pero fue algo así como “regálenle cigarros, porque si no, él de todos modos los compra casi todos los días”.
Y así fue como mi hermano y yo le obsequiamos sendos paquetes que contenían veinte cajetillas de cigarros Delicados cada uno. Recuerdo la amplia sonrisa de mi padre al recibir ese regalo.
Uno de los pocos recuerdos que tengo de mi padre es verlo fumando y leyendo el periódico por las mañanas, al tiempo que disfrutaba de una taza de café. Después de su muerte y al charlar con mi madre, ella me comentó que mi papá había fumado desde los trece años de edad, hasta casi la fecha en que murió. Finalmente un cáncer en la laringe lo terminó de aniquilar.
Pero esto no fue rápido y sin dolor, sino que al contrario fue un proceso lento y lleno de dolor para él, y de complicaciones para mi madre en particular. Cuando la enfermedad le avanzó a don Marcelo, que así se llamada mi padre, le practicaron una traqueotomía porque su sistema respiratorio no funcionaba. De esta manera fue para mí impactante la primera vez que lo vi con ese tubito surgiendo de la garganta, el cual se tenía que cubrir para poder hablar un poco y con una voz extraña que me erizaba la piel.
Le di un cálido abrazo cuando lo vi así, y en mi interior un río de lágrimas comenzó a fluir.
Fueron muchos meses de convalecencia en la que todos tratábamos de ayudar, pero mi madre era la que llevaba la mayor carga. Ella le preparaba el alimento licuándolo en aquel aparato que me parece estar escuchando. Mi padre ya no podía comer de la forma habitual. Le habían colocado un catéter que llegaba hasta el estómago y a través de esta sonda le hacían llegar el alimento, de tal manera que sólo líquidos le daban a través de una bolsa colgada en un pedestal como si de suero se tratase y por acción de la gravedad, los líquidos alimenticios llegaban hasta ese cuerpo macilento que en otros tiempos fue un portento de fuerza y energía.
En nuestra pequeña casa, mi padre se encontraba en una recámara destinada exclusivamente para él. Al entrar a esa habitación me recibía un fuerte aroma como a hospital y a intensos olores producidos por las flemas que emergían de aquel tubito, y que en varias ocasiones dicho ambiente paralizaban mi cuerpo y mi mente.
¿Cómo es posible?, me preguntaba, ¿cómo es posible que un hombre que poseía tanta fuerza y que siempre fue muy trabajador, ahora se encontrara postrado en aquella cama sufriendo de esa manera?
Fue una tarde cuando yo venía de la escuela secundaria. Contaba con 14 años de edad. Llegué caminando a mi casa y un silencio que reinaba el ambiente me sorprendió. Unos vecinos estaban en el jardín, por fuera de la casa. No entres, me dijeron. No les hice caso y entré dando unos lentos pasos. Llegué a la sala y no había nadie en el interior. El característico aroma de la habitación de mi padre inundaba toda la casa. Avancé por un lúgubre pasillo y pude observar que la puerta del cuarto de mi padre estaba abierta. Me acerqué con un temor que amenazaba con desbordar mi pecho. El miedo me hacía vacilar, pero me empujaba una creciente ansiedad por saber lo que ocurría.
Al llegar al umbral de la puerta me detuve en seco. Me recibió una imagen que jamás he olvidado. Estaba la cama de mi padre y en ella había una laguna de sangre coagulada. Pero él no se encontraba allí. Salí corriendo a la calle y me informaron. Tu hermana Carmen se lo acaba de llevar al hospital. Tú papá se estaba desangrando, le pidió a un vecino que los llevara al Seguro Social.
Después sabría que mi padre no llegó con vida al hospital. Que mi madre no estaba en ese momento en casa. Y que mi hermana, Carmen, de forma muy valiente se hizo cargo de la situación. La vida de aquel hombre, con el que pocas palabras crucé, se fue junto con el atardecer.
Todavía puedo ver los borbotones de sangre saliendo del cuerpo de mi padre, como si éstos tuviesen mucha prisa por llegar a algún lugar. Y esa cama como si fuese un lago escarlata esperando la luna.
Y hoy me pregunto, por qué el Creador no bajó el interruptor de otra manera.

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