La autoestima

Por: Silvia Rousseau

Lo que no pude hacer en aquellos años escolares, es admitir que era tan capaz como mis hermanos, yo, con la autoestima por los suelos. Es más, no tenía ni un gramo de autoestima; en mi conucta era seria y menos extrovertida que mis amigas, y en lo académico no podía aspirar a subir mis calificaciones, porque la que tenía diez en todas las asignaturas era mi hermana Lupe, pues la brillante era ella; por eso, aunque parezca una total estupidez, cuando en mis clases estaba haciendo un examen y notaba que todas mis respuestas eran correctas y eso significaba un diez en la boleta, tomaba mi borrador y cambiaba una o dos respuestas por otras equivocadas; así yo tendría un 8 o 9 y mi hermana seguiría siendo la de 10. Afortunadamente no fueron muchas las veces del autosabotaje, de esa falta absoluta de querencia por uno mismo, de la necesidad tan grande que tenía de agradar a los demás y darles lo que ellos esperaban de mí.
Mis padres no supieron que no etaba convencida de que los primeros lugares no eran para mí, sino para mis hermanos mayores. En mi interior había un freno que no permitía desarrollar con libertad mi capacidad, esperaba ser aceptada todo el tiempo, tal vez, al ser la menor de las hijas y ser enfermiza me hizo sentir inferior ante todos. A veces eso me deprimía, pensaba en la muerte y dejaba viajar mi imaginación en el cementerio, en los cajones del difunto y en las plegarias del novenario.
La conducta de los niños era notoria cuando se portaba mal, no cuando eras casi invisible; ese rango de opacidad marcó mi comportamiento en otros momentos de mi vida, y todavía está en mi interior una personita que lucha por no quedarse callada y exige el lugar que se merece, ni más ni menos.

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