El desentierro de la sierra oscura (2)

Gerardo Cornejo.-

Hacia mediodía lo divisió sobre el faldeo del lado del sol. Supo entonces que no le perdería el rastro y que para el atardecer lo alcanzaría. Trepaba por la pendiente pedregosa cuando sintió caminar sobre terreno conocido. El corazón le dio un vuelco y los sentidos se le desplegaron al unísono cuando al recorrer con la vista los detalles del cerro lo reconoció. ¡Era la cuesta de sus sueños! ¡No había duda! Allí estaban los mezquies boscosos y los pochotes en flor, allí las piedras rodadas y las siluetas rocosas recortándose contra el cielo. ¡Era la cuesta de su cueva! ¡la del pedregal negruzco; la de… un aullido lastimero vino a hacerlo estremecer y se acordó entonces del coyote: ¡Luego era cierto! ¡no era sólo un sueño! Y el coyote lo sabía “porque esos animales saben todos los secretos del monte porque están en este mundo desde antes que el hombre, saben lo oculto del día y de la noche; seguro qu’este trai también un sueño a rastras como yo”, pensó, mientras se aprestaba a seguirlo a toda prisa y a pie. Casi desfallecía cuando oyó el segundo aullido resonar con tonos de eco. Se dio cuenta entonces de que éste se había metido a una cueva y que allí podría acorralarlo fácilmente. Jadeante, llegó de improviso a un terraplén de rocas y estuvo al borde del desmayo cuando directo, enfrente, distinguió, inequívoca, ¡la cueva! No había duda, expedía el mismo emanar de extrañezas, miraba hacia el poniente y estaba precedida de un silencio sin pájaros. Tardó en reponerse, pero al lograrlo, adquirió una súbida oleada de valor que lo obligó a ir hasta el fin sin medir las consecuencias. Un extraño temblor se apoderó de sus piernas cuando una lucha de vientos hecha remolino le azotó la cara. “Un espíritu del llano”, se dijo, “otro aviso que me empuja a entrar, así quede en el intento”. Castañeteando los dientes se acercó a la boca de la cueva y sintió que una fuerza casi palpable dominaba el ambiente. Una presencia inequívoca lo había detectado y lo obligaba a continuar hasta internarse unos metros en la sombra. Allí encontró una paz repentina y una confianza inexplicable que le animó a sentarse a respirar su fátiga. “De seguro que aquí es donde tendré que soñarlo”, se repitió, y le alegró de haberse liberado del temor descontrolado que se cernía afuera de la boca de la cueva. Vio entonces cómo desde allí se dominaba un horizonte que ya había dado un mordisco de sombra a la esfera anaranjada de un sol que se hundía en un reguero de cobres.
La noche lo encontró lleno de aprehensiones y sin el más mínimo asomo de sueño. “Tengo que dormirme”, se repetía, pero los arroyos de emoción que le corrían por los cauces de los nervios lo mantenían en una vigilía empecinada. Dio vueltas por horas hasta que se le ocurrió salir a cansarse caminando. Apenas puso un pie fuera de la cueva, se le desató de nuevo el miedo y hubo otra vez un encuentro de vientos en la intemperie. Aterrado regresó a su lugar y volvió a recobrar aquella extraña calma. Un tiempo brumoso lo llevó entonces hasta la madrugada cuando decidió aventurarse hacia adentro y enfrentarse con aquella presencia en este lado de la realidad. Cautamente se fue adentrando, reconociendo cada tropiezo, hasta que a cierta distancia, vagamente, percibió la silueta contra la pared del fondo. Esperó con la cordura pendiente de un hilo, hasta que vio que se acercaba. Quiso hablar pero su voz se empantanó en su garganta. Fue entonces cuando, lentamente, allí enfrente, se fue materializando el hombre; los ojos grandes y negros, la cabeza calva y la estatura enorme. Habló con voz de sueño y lo invitó a seguirlo. al llegar a la ampliación de la cueva, empezó lentamente a levantar el brazo (él temió despertar entonces, pero esta vez no le ocurrió), y su dedo apuntó derecho a la pared poniente, ligeramente iluminada por una luz lejana. Él no supo qué pensar cuando distinguió el hoyo recién excavado en el fondo. Pensó en la pala, en sus manos, en el boquete ya hecho y sólo pudo escuchar aquella voz sin boca que le hacía entender:
“Me dejé soñar por otro que vino luego, tuve que decirle dónde, y lo sacó. Sonaban las monedas reales cuando las llevaba, pero la prisa y el miedo le hicieron desparramar algunas, no muchas, pero por esa razón no he podido partir. Te llamé por años y no acudiste mientras seguía prisionero en esta custodia. Por eso busqué el sueño de otro y me costó mucho tiempo encontrarlo. Él vino y se fue, pero dejó esas monedas, ¡llévatelas, para poderme desatar!, ¡llévatelas y nunca lo busques y no me volverás a soñar jamás…!”
Primero encontraron la mochila de cobijas, luego la pala y un cuero de liebre y ya cerca la búsqueda se les hizo angustia cuando encontraron el caballo ensillado.
-¡Caballo con montura y sin vaquero, desgracia segura!- dijo uno… ¡hay que hallarlo! Así empezaron la cuesta arriba hasta que, sorprendidos por los vientos encontrados llegamos a la boca de la cueva.
-Son los vientos del malo -dijo otro- hay que entrar reculando pa`que no te agarren de espalda.
Y, al acostumbrar los ojos a la penumbra, distinguieron al viejo profundamente dormido.
Cuando lo despertaron se quedó sorprendido, pero al mirarse nueve extrañas monedas en la mano les dijo:
-Ahora sí, voy a contarles un sueño..

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