Una mancha seca en medio de un extenso verdor (Concluye)

Gerardo Cornejo

Resulta que un día les llegó el aviso de que en una de las chozas más apartadas de la esquina oriente del pueblo, había muerto una mujer al dar a luz a su décimo hijo. Como cada uno tenía padre distinto, ninguno de éstos había asumido sus responsabilidades y ella había malvivido de la caridad pública y de los múltiples robos pequeños que lograban hacer los de mayor edad.
Cuando ella abandonó la vida aquella noche de parto, los hijos se desparramaron por el pueblo solicitando ayuda para el sepelio.
-De puro cansada se nos murió mi mamá- dijo el chiquillo que tocó a la puerta de la iglesia cuando apenas amenecía. Cómo las mujeres aquellas habían llegado desde la madrugada como era costumbre, ya tenían todo listo para la primera misa y santiguándose a cada cuadra acudieron a la choza en procesión. Salieron de allí entre llantos y responsos y reanuduvieron el camino para llegar cuando apenas empezaba la misa. Sentenciaron primero entre sí, luego con el padre y, por filas, fueron secretando por todo el recinto. El resultado fue que un grupito de tres hombres, dirigidos por un carpintero, se ofrecieron a fabricar el cajón; cuatro fortachones a cavar el hoyo; dos a cargar el ataúd en una carreta hasta el cementerio y varias mujeres a lavar el cuerpo y vestirlo.
Al terminar el día ya todo había sido cumplido y se decidió que, por turnos de tres, velarían el cuerpo durante la noche.
La procesión salió a temprana hora el día siguiente y se enfiló por encima del bordo del dren oriental siguiendo a la carreta. Todo iba en orden, en calmo silencio y en avance lento, cuando al doblar a la derecha hacia el bordo transversal, el tractorista de una parcela vecina encendió el motor de su viejo John Deere en medio de varias explosiones de su escape. Entonces que las mulas levantan las orejas, que relinchan airadas y que se parán en dos patas emprendiendo la carrera por la orilla del bordo seguidas por los gritos de sus dueños. Y que al llegar a la confluencia de los drenes viran violentamente volteando la carreta de la que sale rodando el cajón. Todos corriendo, vienen a pararse a la orilla sólo para ver cómo el ataúd rueda hacia el agua hasta terminar en un chasquido. La caja sale luego a la superficie y lentamente empieza a ser llevada por la mansa corriente. Y una multitud de acompañantes azorados coronan las dos orillas tratando de alcanzarla con palos largos y empujarla a la orilla. Luchan, intentan de nuevo, se gritan, pero no logran asirla y cuando ya van a lanzarse al agua, la caja se detiene de punta en la compuerta de madera que habían olvidado.
Se platicó luego que habían sacado aquello con grandes dificultades y que dos veces se les abrió la caja y se les salió la muerta. Luego volvieron a organizar la procesión y caminaron, ya en santa calma a darle sepultura.
De regreso, las enrebozadas vinieron todo el camino discutiendo la manera de organizar un grupo permanente que se encargara de atender aquel tipo de casos y de cuidar de que “los inútiles de los hombres” (según opinión de casi todas) causaran otra vez un percance como aquel.
Siguiendo aquellos cambios, pronto llegó el escarbadero que transformó al pueblo en un campo de zanjas entrecruzadas que más parecían trincheras de guerra. Años de espera indignada tendrían que pasar todavía, antes de que en aquel caos lodoso se acomodara la red de tubos que repartiría el “·agua potable”, según dijo el Lolo Pañales cuando por fin entendió de lo que se trataba.
-Potable, pendejo- le corrigió el comisario por lo bajo. Y un buen día, el pueblo anocheció con postes y focos en las esquinas. Esto acabó con el último encanto que nos quedaba; el de las noches consteladas. En aquella llanura predominaba el cielo, la bóveda celeste cubría la mayor parte de la noche y sólo era limitada por un horizonte con el que a veces se confundía. Eso, durante la oscuridad, era un paseo entre galaxias y una expansión del asombro a la que todos estábamos acostumbrados. Por eso aquella gente no aceptaba limitaciones para sus espacios. No sé si fue ésta la razón pero, poco a poco, los focos fueron cayendo como estrellas fugaces de agosto, al impacto de las pedradas. Así quedó otra vez oscuro el exterior, pero iluminado el interior de las casas y de las gentes.
Y entonces el cielo volvió a ser dueño absoluto de la noche.

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