Narradores norteamericanos… Tú eres el hombre (4)

Édgar Allan Poe

Llegó el día siguiente, y con él una distinguida asistencia se presentó en casa de Mr. Goodfellow. Puede decirse que la mitad del pueblo estaba allí (y yo entre ellos). Pero, para irritación del huésped, el Chateau Margaux no apareció hasta última hora, cuando la suntuosa cena ofrecida por el “viejo Charley” había sido ampliamente saboreada por sus huéspedes. Llegó, sin embargo, y por cierto que era un cajón enormemente grande; entonces, como la asamblea se hallaba de muy buen humor, decidióse por unanimidad que se lo colocaría sobre la mesa y que se extraería inmediatamente su contenido.
Dicho y hecho. Por mi parte, di una mano; y en menos de un segundo teníamos el cajón sobre la mesa, en medio de las botellas y vasos, gran parte de los cuales se rompieron en la confusión. El “viejo Charley”, completamente borracho y con el rostro empurpurado, se sentó con aire de burlona dignidad en la cabecera, golpeando furiosamente sobre la mesa con un vaso, mientras reclamaba orden y silencio “durante la ceremonia del desentierro del tesoro”.
Luego de algunas vociferaciones, se pudo restablecer el orden, y como suele suceder en tales casos, reinó un profundo y extraño silencio. Habiéndoseme pedido que levantara la tapa, acepté, como es natural, “con infinito placer”. Inserté un formón, pero apenas di unos martillazos, la tapa del cajón se alzó bruscamente, y en el mismo instante, surgió del interior, enfrentando al huésped, el magullado, sangriento y putrefacto cadáver; de Mr. Shuttleworthy. Por un instante contemplo fija y dolorosamente con sus ojos sin brillo y ya sin forma, el rostro de Mr. Goodfellow. Entonces, lenta, pero claramente se oyó que decía estas palabras: “¡Tú eres el hombre!” Y cayendo sobre el borde del cajón, como satisfecho de lo que había dicho, quedó con los brazos colgando sobre la mesa.
La escena que siguió supera toda posible descripción. La carrera hacia las puertas y ventanas fue espantosa, y muchos de los hombres más robustos se desmayaron allí mismo de puro horror. Pero, después del primer arrebato de miedo, todos los ojos se clavaron en Mr. Goodfellow. Aunque viva mil años, jamás olvidaré la más que mortal agonía reflejada en la expresión de su cara, espectralmente pálida después de haberse mostrado tan rubicunda de vino y triunfo.
Durante unos cuantos minutos permaneció inmóvil como una estatua de mármol; sus ojos, carentes de expresión, parecían vueltos hacia adentro y perdidos en el contacto con el cadáver, mientras de sus labios brotaba agolpada y vehemente la confesión del espantoso crimen por el cual Mr. Pennifeather se hallaba encarcelado y aguardando la muerte. (Continuará).

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