La muerte en la era Donald

Enrique Cázarez Zamudio

Santos y buenos días dijo la muerte y nadie la reconoció. Venía oculta abajo de un sombrero, viejo y chiriento, con una retorcida guadaña al hombro: -si no perturbo- dijo: -quisiera saber dónde vive el señor Donald.
¿Don Donald? -pues mire- respondió una de entre la bola, asomándose por entre la puerta y señaló con su dedo rudo de labrador: -allá, por los matorrales que bate el viento ¿ve?, hay un camino que sube al cerro -arriba, a’i lo hallará.
“Cumplido está”, pensó la muerte -dando las gracias echó a andar- aquella mañana no había nubes en el cielo- había un sol que todo lo resplandecía- clarito está- se dijo a sí misma- y andando pues miró la hera en su reloj de arena -y vio que eran las siete- para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplió ya el señor Donald.
“Menos mal, poco trabajo y un solo cliente este día”; se sintió satisfecha de no fatigarse y tomó su paso rodeando ahora por un camino apretado de hierba verde con olor a anestesia. Efectivamente: eran los meses que, con los aguaceros caídos, los retoños de las amapolas silvestres no tenían una sola hoja amarilla -no había semilla tirada ni brote que se quedará enterrada al salir el sol- verde era todo desde el suelo, al aire -un sólo olor a vida- todo era de don Donald, natural que la muerte se tapara la nariz, lógico también que no había visto ramas con tanta flor ni tanta abeja mareada, pero… ¿qué hacerse? Ya andaba la parca por aquí -de paso- sin ser su reino.
Así, pues, andó y andó la muerte por aquellos caminos hasta llegar a la cima -y encontrar la casa.
-¡Por favor, con Donaldito!, dijo aduladora aunque cansada; ¡¡¡salió temprano!!! Contestó una niña de oro. La parca amazó su trenza y preguntó: ¿y a que horas regresa?, ¡quién sabe!, depende de los quehaceres -por los caminos anda y anda también buscando- la muerte se quiso morder los labios; no era para menos, dar rueda a tanto camino arado y pegajoso como el petróleo, y nada? ¡Hey! dijo -hace mucho sol, ¿puedo esperarlo aquí?
-Pues… aquí quien viene y tiene negocio, tiene su casa, pero pueda que él no regrese hasta el anochecer.
“Chin”, pensó la muerte, se me iría el tren de las cinco no, mejor voy a buscarlo, -y pregunto de nuevo- ¿dónde, de fijo, pudiera encontrarlo ahora? Mmm… pues temprano salió a “McDonald”, posible lo encuentre en algún “Súper Walmart”-.
En cualquier banco -no sé-, a lo mejor en alguna envasadora, gusta mucho tomar, sus coca colas. Sí sí… ¿pero dónde están estos lugares? ¡Bah! Están por donde quiera, le espetaron a boca de jarro, ¡grra-cias!, gruñó encabronada la muete que casi olvidaba su ajuar -y soltóse la trenza a un lado y rabió- “desgraciado viejo andariego” ¿dónde andarás? -Y volvió al camino, y caminó sin tino y por allá, como a las veinte con una poca de suerte se topó con un caminante:
Señor, ¿pudiera usted decirme si ha visto por estos caminos a Donaldón?.
-Tiene suerte- dijo el andante, ahorita lo acabo de ver media hora lleva ahí, en casa de los nietos. -dijo el andante- ahorita lo acabo de ver media hora lleva ahí, en casa de los nietos.
Seguro que ahí lo va usted a encontrar -está Quiquito enfermito y él lo vino a sobar.
Gracias, dijo la muerte, y cómo de bala apretó el paso duro y caliente estaba el terreno que ya no podía caminar.
Así por tanto llegó asoleada y se dispuso a tocar: ¡Con Donaldito, háganme, ustedes, el gran favor! -ya se marchó, dijeron desde adentro- ni madres. Dijo la muerte -de aquí te voy a sacar-.
¡Pero… cómo ! ¿así tan de pronto? -¿por qué tan de pronto? Le contestaron -Sólo vino a ayudarnos con el niño -el más chiquito- ya lo hizo -ya se fue ¿de qué extrañarse? -Bueno, dijo turbada la muerte -verá usted- también ando yo trabajando pero… ¿conoce usted a don Donald? -No creo que lo conozca- tengo sus señas dijo la impía a ver, dígalas: -pues… verá usted -así- con arrugas… desde luego, pues ya son como 60… ¿y que más? verá… el pelo blanco… ningún diente propio… la nariz, dígamos… ¿digamos qué? ¡filosa, pues! ¿eso es todo? bueno… además de un nombre, también tiene dos apellidos- sí, sí, pero usted no ha hablado de muchas otras cosas más -de sus ojos por ejemplo- ¿de sus ojos? ¡Ah, sí! Redonditos como monedas -¿de qué color? Pues… verdes, como los doláres o… ¿nublados? Sí, nublados han de ser – todo lo dicho está bien- pero lo primero que debía haber dicho -y no lo dijo- que siempre gusta de una corbata colorada- y como no lo sabía entonces anda equivocada -ese- a quien usted busca, no es la persona señalada -”por favor, no molestar” -Salió la muerte como de rayo -indignada- a medio asomar su cara por abajo del sombrero. Anduvo y anduvo rondando unos pinos -le daba vergüenza salir de ahí y un mitotero le dijo: ¡Oiga!, al que usted anda buscando -está a un tiro de aquí-. Asomó la muerte su rostro mas sólo vió unas huellas pintadas -pisadas mías no son y a escasos 100 metros de aquella casona blanca, don Donald saltaba un muro -entonces la muerte miró la hora ¡Dios, las cinco y media, se me iría el tren de las siete -otro día será, en eso paso un viejo amigo que lanzaba a su manera un madrazo cariñoso ¡Donald! ¿Cuando te vas a morir? y se devolvió el saludo alegre:
“Nunca!” le dijo.
¡Siempre hay alguien a quien joder por aquí!

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