Estamos a mano

José María Ruiz C.


La mujer inicia su soliloquio entre recuerdos y añoranzas:

“Me encuentro ante una taza de café sin azúcar, en memoria de mi difunto esposo Alberto. A él sí que le gustaba el café amargo. Se me fue hace apenas un mes y no logro habituarme a mi nueva vida en soledad. Es cierto que están mis dos hijos, pero ellos ya tienen su propia familia y muy pocas veces nos visitan. No sé por qué hablo y pienso en plural. Desde ahora tengo que acostumbrarme a hablar en singular.”
Elle está en la cocina de su casa, el lugar que más frecuentaban Alberto y ella en los últimos años juntos. Levanta la vista hacia la ventana y ve unas nubes muy a lo lejos que presagian lluvia hoy por la tarde. Le da un sorbo al amargo café y siente que, junto con la bebida, una oleada de tristeza ingresa a su ser.
El repiqueteo del teléfono interrumpe sus pensamientos. Duda en contestar la llamada. Sin embargo, se levanta y toma el auricular.
– Hola, Susana, ¿cómo estás? Espero que mejor –se escucha en el teléfono.
– ¡Ah, eres tú, Mariana! Sí, creo que me encuentro un poco mejor que la semana pasada. Disculpa el numerito que te hice pasar en el restaurante. Pero es que no me pude controlar. Cuando me dijiste lo de la relación de Alberto con Amanda, me entró un coraje hacia él, hacia ti, hacia todos. Yo sé que mis gritos parecían los de una loca, pero es que nunca esperaba una noticia así. Y sobre todo después de su muerte.
– No te preocupes. Ya sabes que siempre hemos sido amigas y pues yo te tenía que hablar con la verdad –dijo la mujer al otro lado de la línea.
– Sí Mariana, y te lo agradezco. Sabes, tengo que colgar la llamada porque ahora estoy un poco ocupada. ¿Se ofrece algo?
– No, sólo quería saludarte. Te llamo en un par de días.
Su mano tiembla al colgar el teléfono. Regresa a la mesa y continúa tomando la taza de café en memoria de él. Sí, en memoria de ese que no vale la pena recordar. Después de que Mariana le dijo lo de la infidelidad de su marido, se puso a buscar en sus papeles algún indicio al respecto y desafortunadamente sí lo encontró. Tiene en sus manos una nota que fue escrita hace varios años. La lee una vez más como si al hacerlo se lograran borrar las estúpidas palabras que la tal Amanda escribió.
“Amado Alberto, te escribo esto pensando en la última vez que me llevaste a la cama. Estuviste delicioso. Y el hotel al que fuimos me encantó, creo que nunca había estado en un lugar tan elegante. Quiero confesarte que me estoy enamorando de ti, aunque sé que eres casado, siento que no puedo controlar mis sentimientos.
Desde el primer día que llegué a trabajar a esta oficina y te vi, algo pasó en mi corazón. Esa forma de mirar que tienes y la manera de hablar; el como te diriges hacia los demás, con tanta seguridad, eso me gusta mucho de ti.
En fin, hay tanto que te quiero decir y hacer, que mejor me espero a que me lleves de nuevo a ese hotel de ensueño. ¿Me llevarás?
Espero tu respuesta.
Tu amorosa Amanda se despide.”

Termina de leer. Empieza a cortar en pedacitos el papel y se los va comiendo uno a uno. Los mastica y los traga lentamente. Va hacia la ventana y la abre. Una bocanada de aire fresco la recibe. Dirige su mirada, la cual adopta un extraño brillo, hacia aquellas nubes que siguen su camino y con una voz que no parece salir de su garganta,exclama con energía:
“Alberto, nunca pensé que me dolería tanto tu infidelidad. Pero con esto que me hiciste, descanso. Quiero decirte que estamos a mano. Ya nada te debo.”

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