El ojo que ves

Dulce María González

Me siento a la mesa para beber el mundo con los ojos. Afuera es la extensión desierta a donde es posible llegar con la mirada que viaja y jamás se detiene y va siempre más allá del árbol. Penetro el verde de las hojas y ahora debería cerrar los párpados, porque al final del recorrido encontraré la pupila el inicio, la imagen de una mujer idéntica a mí misma. El ojo que me observa es el extraño, lo que nunca seré, y no obstante soy nada si esa pupila no repara en la mancha de sol bajo mi boca, en la pequeña cicatriz que divide mi ceja derecha desde niña. ¿Cómo seguir en este juego de hablar y comer y dormir si el ojo que debiera encontrarme pasa de largo?
Un hombre desconocido se sienta a mi mesa para narrar la historia de su vida. Intenta llamar mi atención hacia el lunar solitario que exhibe en la mano que ahora mueve con delicadeza en un afán por aclarar el sentido de la charla. Me dejo arrastrar y de pronto soy el punto negro, el movimiento, la mano del hombre que se aproxima a la botella de cerveza. Sus dedos acarician un punto muy cerca del cuello. No ha dejado de hablar, sus palabras son círculos y él se deleita haciéndolos girar sobre el mantel al tiempo que introduce el índice en el borde anhelante de Bohemia. El hombre levanta la vista y yo quisiera eivtar sus ojos, pero el deseo de conocer la fuerza que me obliga a narrar mi historia frente a una desconocida me impulsa a mirarla y las pupilas se encuentran y es el centro del mundo este silencio.
Su mano oprime la botella y no puede deshacer este nudo de espejos y casi me asfixio, me desbordo, me elevo mientras acerca a sus labios el objeto de vidrio en donde respiro además de esos ojos que son mis ojos y esta certeza de que las palabras continúan quebrándose en la pupila que me llama y me envuelve y en un instante es la plenitud del ámbar que bebemos. Bebo.

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