El indio Vidal

Gerardo Cornejo

Se escondía ya el sol tras las altas cejas de occidente cuando lo vieron taciturno emprender la súbida. Llevaba clavado ya en los ojos un brillo de muerte y en su paso el ritmo de otro universo. Subió hasta la cima del acantilado para que su figura se hiciera silueta contra el crespúsculo y su sombra dorada se alargara hacia el pueblo. Allí estuvo sereno e inmóvil, hasta que su silencio juntó todos los silencios del cerro y su rostro reflejó todos sus pesares. Le resonaba muy en el fondo la risa de burla de Amanda, cuando le confesara que la amaba más que a su libertad, le inundaban de hiel su interior aquellas palabras de descuidado sarcasmo cuando le contó que sus ojos ya estaban llenos de la imagen de un hombre al que él ni en sueños podía compararse; le goteaba la amargura del despecho por las entrañas, hasta apagarle la voluntad de vivir. Y de pronto, levantó los brazos en la cima del risco y lanzó un prolongado alarido que se encausó en el cañón y se esparció abajo, en el pueblo, como un escalofrío. Todos se miraron entre sí sorprendidos por la increíble potencia del grito, sólo para escuchar otro grito bajando como torrente de frío. Cuando todo el pueblo distinguió su blanca silueta, ya venía bajando el último grito y un disparo suspendió el momento con sonido de eternidad. El segundo disparo pareció acompañarlo en su viaje hacia el vacío del acantilado hasta acallarse suavemente en el fondo del río.
Todo quedó suspendido, todo envuelto en el estupor de la sorpresa. Y dicen que fue inútil que todo el pueblo pasara días buscándolo en el cañón porque jamás, nadie, nunca, encontró el menor indicio de aquel indio etéreo que huyó hacia la otra orilla sin dejar rastro visible.

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