La tensión que prevalece actualmente en las relaciones bilaterales México-Estados Unidos, ha puesto a la defensiva al Gobierno mexicano, ya que la actitud impulsiva y beligerante del presidente Trump podría dar lugar a que resurja la política del “gran garrote” impuesta por Theodore Roosevelt (1901-1909), quien solía decir: “Habla suavemente, pero esgrime un garrote”, y con lo cual justificó la intervención armada del país estadounidense en Centroamérica y el Caribe, ya que, según él, se requería que una nación civilizada pusiera orden en este continente.
Esa política, por supuesto, habría de ser sustituida por la del “Buen Vecino”, presentada el 1933 por el presidente Franklin Delano Roosevelt, en un momento álgido para la nación norteamericana, que se encontraba envuelta por la “Gran depresión”: “Nunca antes el significado de las palabras “buen vecino –subrayó Roosevelt– ha adquirido tanta relevancia en las relaciones internacionales”. Sin embargo, esa política no invalidaba los principios de la doctrina Monroe: “América para los americanos”, excepto que ante la crisis económica mundial de la época, procuró un mejor trato político y fortalecer los lazos comerciales, antes que fomentar el aislamiento diplomático y la invasión de territorios. El puño de hierro es reemplazado por el guante de terciopelo.
Posteriormente, más en el caso de nuestro país, los presidentes estadounidenses han preferido negociar sus diferencias con México, que recurrir al uso unilateral de la fuerza; no se utilizó la fuerza en 1938 con la expropiación petrolera, aunque sí se suspendieron las negociaciones en torno a un tratado de comercio bilateral en que supuestamente se iban a incluir algunas cláusulas ventajosas para México, se impuso un boicot a la producción petrolera mexicana y, entre otras cosas, no se prorrogó un acuerdo para la compra de plata mexicana a un mejor precio que el existente en el mercado. La economía mexicana, ya de por sí vulnerable, se volvió todavía más débil. La buena vecindad se fue al cesto de la basura.
Sin embargo, la postura de Trump difundida desde su toma de posesión de: “Estados Unidos primero”, lastima las relaciones de buena vecindad y revive la política “del garrote”, aunque el neoyorkino no habla suavemente, sino con la amenaza y la falta de respeto a flor de piel. O bien reanima la política del “Buen Vecino”, aunque con la ausencia del guante de terciopelo para golpear a través de las redes sociales y hacerlo público sin ningún tinte de diplomacia para “tirios” y “troyanos”.
El presidente estadounidense da la impresión que está plenamente convencido que “las realidades son perfectamente adaptables a sus ideales”, tal como lo precisa Duroselle; de ello que su política exterior, de inicio, envíe señales de ser ineficaz, impulsiva e inestable, lo cual no es cosa de sorprender. Por otra parte, tiende a generarse un clima de hostilidad mundial hacia Estados Unidos, ya que ninguna nación está dispuesta a que se vulnere su soberanía; es decir, a tomar decisiones por sí misma, y no que se pretenda imponerle lo que debe de hacer en conformidad con las directrices de terceros.
Pero ¿qué sigue? México, al igual que en tiempos del cardenismo, está en una situación muy vulnerable: Una deuda pública que lo estrangula, el crecimiento económico paralizado, el desempleo creciente y el deterioro del poder adquisitivo por los suelos, y aún se desconoce cuál será la fuerza de la tormenta que viene.
Creemos que, tal como lo subraya el mexicano Carlos Slim Helú, lo mejor para México es prepararse ante la embestida, pero ante ese vendaval no perderse en lamentaciones, sino buscar implementar acciones y estrategias para fortalecer el desarrollo del mercado interno y fomentar el consumo de lo que se produce en el país, y para lo cual se necesita correr riesgos e invertir para reactivar la economía y generar empleos. Es cierto, pero ¿quién se atreverá a dar el primer paso ante la incertidumbre?

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