Repensar la democracia para el futuro

Con motivo del arribo de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, ha vuelto de nueva cuenta a la mesa de la discusión y el debate si la democracia, así como está, es la mejor forma de gobierno; y es que las sociedades modernas se están llevando tantas sorpresas, de tal manera que muchas de ellas no son precisamente el sentir de las mayorías. La demócrata Hillary Clinton ganó el voto popular; el republicano la Presidencia. Eso sucede en la nación estadounidense.
Sin embargo, contra lo que pudiera pensarse, Estados Unidos no es el país más democrático de América y menos del mundo; de acuerdo con el informe “Índice Democrático”, el país más democrático de América es Canadá, y del mundo lo es Noruega, lugares donde se avanza en la construcción de una verdadera democracia. Por cierto, México ocupa el lugar 66 de 167 países en el mundo, ya que la sociedad mexicana y las fuerzas políticas no se deciden a dejar que este se constituya en un país auténticamente democrático. La lucha por el poder, la mayor de las veces, se escuda en “la guerra sucia”.

Ante esta realidad, vale preguntarse: ¿Cuáles son los valores que hacen diferente a un país democrático del que no lo es, aun cuando pregonen a los cuatro vientos que la democracia es su sistema de gobierno? Para algunos estudiosos, lo que hace la diferencia es que en un país que cultiva la democracia, esta se transforma en un valor que favorece la creación de instituciones públicas fuertes, que prevalezca una cultura basada en la confianza y que los índices de desigualdad sean bajos. En este sentido, en los países donde la corrupción y el favoritismo tienen raíces, la democracia no encuentra un campo fértil para crecer y reproducirse.

Por eso se afirma que la democracia se fortalece cuando hay credibilidad y confianza, pero también cuando los miembros de la sociedad promueven una cultura igualitaria; eso es lo que sucede en Noruega y otros países, como Islandia, Suecia, Nueva Zelanda, Dinamarca, Suiza, Canadá, Finlandia y Australia, donde la población cree que el Gobierno debe gobernar con el pueblo y para el pueblo, lo cual presupone que a este se le toma en cuenta ampliamente en la toma de decisiones.

En Estados Unidos, como en México, se está muy lejos de instaurar una cultura en esa dirección; tan es así, que una profunda tristeza o melancolía se apodera de los partidos y de la clase política cuando son desplazados del poder, de tal manera que en lugar de sumarse y hacer propuestas para la mejora de la acción gubernamental, se vuelven sus más acerbos críticos, con el insano propósito de evidenciar sus supuestas ineficiencias. Se participa para señalar lo que se considera que está mal, no para decir cómo las cosas se pueden hacer mejor cuando se cuenta con la participación de la mayoría, ya no todos, de los actores sociales.

Lo anterior no significa que la democracia representativa sea un modelo obsoleto, pero sí indica que es necesario complementarla con espacios para que la población participe, sea a través de la democracia directa o de una democracia participativa en referendos e iniciativas populares. Estos ejercicios permiten acercarse, pero también conocer lo que siente, piensa y desea la gente.

No obstante, aunque la democracia es finalmente la decisión de las mayorías, ello no implica que la o las decisiones que se tomen sean las más adecuadas y convenientes. En el vecino país norteño, con motivo de sus reglas de elección democrática, el Colegio Electoral pasó por encima del voto popular; en México “las mayorías” han decidido desde hace décadas y nos ha llovido “de todo, como en botica”. Por eso, regresa al debate si es urgente, como inaplazable, repensar la democracia que queremos, pero mientras continúe vigente el modelo: ¿Qué habrán de decidir “las mayorías” en el 2018 en México? ¿Irá a meter Trump sus manos? Está como para pensarse.

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