Qué aprietos

Qué aprietos

David Cibrián

Ya se fue el famoso y tan esperado 31 de diciembre… ese día en que se vela al difunto con la misma copa, con la que se brinda por el bautizo del que llega. Yo por eso, como aprovechado de la ocasión, me puse en remojo tranquilamente, sin pensar en la cena me bañé, me eché los perjúmenes y salí bien rasurado a la sala de espera… ¡Ah, que agusto me sentí, empacado en ropa y calzado nuevos!, como dicen, para quedar igual que carro nuevo en cero kilómetros.

Bueno, aunque eran las ocho de la noche, no me preocupó el silencio reinante ni el vacío de gente… esperaba que la familia llegara tarde, puesto que en puerta estaba la velación del difunto 2016.
Ya a eso de las nueve y media de la noche, viendo que todo seguía igual de silencioso y vacío de visitas, le dije a la dueña de mis malos alientos y de mis placas: “¿Qué pasará con la gente?”.
Eh, mi doñita… me echó una mirada de sospechosa disculpa, luego una sonrisa que solicitaba perdón, y, hasta después de eso me soltó la novedad: “¿No te había dicho que no van a venir?… Avisaron que se quedan allá con los consuegros. Como aquí pasaron la Navidad, dijeron que allá van a velar el año”.
“¡Chin… chun, chan! –pensé-; tanto estropajo, tanto pulirme en la rasurada, tanto ‘Siete machos’ que me eché… ¿para qué?” Pero bueno… avisado quedé, y prevenido de que iba a pasar TRES horas echando novio fuera de tiempo.
-¿Y ahora –me dije-, de qué iremos a platicar?
En otros tiempos, cuando estando de novillo me sobraba inventiva, fácilmente le hubiera platicado a mi futura de los ranchos ganaderos que tenía… de las tierras inmensas que había dejado por correr el mundo… también de la parentela de alcurnia que le esperaba… pero ahora, cuando ya nos conocíamos desde los juanetes a los más escondidos pacholes (arrugas), cuando la necesidad y la ocasión se me paraban enfrente así nomás… la cara indiscreta se me puso de ventosidad atorada, al recordar de pronto los días de visita donde me rodeaban los suegros, los cuñados y la primada; y que no faltaba todavía quién preguntara inocentemente: ¿por qué no platican?
No… ahora no tenía ni ganas de platicar, ni ranchos para recordar.
Allá al rato, mi doñita me ofreció café. No pos, lo que tenía que responder con la boca, me lo ahorré con un movimiento de cabeza que decía “sí”. Más noche, tal vez como a las once y media, fui yo el que pidió un café y ella no contestó; simplemente puso la chifladora en la estufa y esperó.
El caso es, que el nuevo año llegó cuando yo estaba saboreando mi segundo café… no platicador ni de novillo alborotado precisamente. Hasta entonces nos echamos una mirada de amigos que no tienen motivo de plática. Así que nos dimos un abrazo, le dije “Feliz Año”, y me fui a dormir.
Mientras tanto, tronaban los juguetes de balas que una vez más hacían sentirse hombres a los dueños, y tal vez superiores a los que descubrían calibres chicos… y llegó pues, el año 2017.

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