Las crepas

Las crepas

Sylvia Teresa Manríquez Ochoa

Llegamos justo cuando la muchacha sirve crepas en el desayuno. Me gustaban las vacaciones en casa de la abuela. Mi tía vivía a unas ocho cuadras en línea recta. Fuimos invitadas a pasar el día allí, así que tempranito salimos recién bañadas vistiendo shorts y blusas con tirantes.

La casa de la abuela estaba en lo alto de la calle, nos divertía bajar saltando en aquel caluroso dá. Mi hermanita tenía seis años y yo ocho. Reíamos alegres. Me gustaba viajar; llegar a la amplia casa de la abuela con muchas habitaciones con baño cada una. Aunque en su ciudad, Navojoa, el clima es húmedo y cuando jugábamos en el patio o en el jardín, sudábamos mucho, nada impedía pasarla bien.
Las trenzas se nos movían alborotadas a cada salto que dábamos al bajar la calle. Brincos que dados con las sandalias nuevas, que apenas un día antes nos había comprado la abuela, parecían más divertidos. Cuando llegamos a nuestro destino, empujamos la pesada verja y con ímpetu tocamos el timbre.
Al abrirse la puerta, percibimos el dulce olor del desayuno y este nos despertó más el apetito; pues con la emoción de irnos solas, no perdimos tiempo comiendo, a pesar de la súplica de la abuela para que comiéramos por lo menos un plátano y un vaso de leche. Para nuestra mala suerte, la muchacha que trabajaba con la tía no nos ofreció el apetecible platillo, así que nos conformamos con ver la mantequilla derretirse en las crepas que comían con desgano los primos, mientras la tristeza agrandaba la sensación de vacío en el estómago y nosotras nos arrepentíamos de no haber desayunado.
Los primos eran tres, de siete, seis y cinco años, todos delgados y pálidos. Eran extraños, pues teniendo una casa tan grande con tantos libros y mucho patio para correr, sólo querian estar sentados jugando con la “compu” y viendo programas en la te.e. Pero nosotras estábamos contentas y los animábamos a jugar a las escondidas y a las encantadas.
Al mediodía la llamada telefónica de la abuela nos anunció que debíamos regresar. A pesar de los ruegos para que nos quedáramos, sin ganas de irnos, nos despedimos. Sólo pudimos prometer volver al día siguiente. Salimos con el brillo de la felicidad en los ojos.
En el camino de vuelta pláticamos lo mucho que nos gustaba pasar las vacaciones con la abuela. Además, a ella le agradaba nuestra visita. Siempre esperaba nuestra llegada. Preparábamos juntas la comida, nos hacía coloridos vestidos y nos llevaba con ella a todas partes.
En el regreso a la casa de la abuela, las trenzas no brincaban mucho, pues ahora ibamos subiendo la cuesta y no dábamos saltos. Apenas nos habíamos alejado una cuadra de la casa de la tía y no advertimos que alguien nos observaba desde la tiendita que se encontraba exactamente enfrente. Nos alcanzó y preguntó por una calle.
No nos gustó ese adulto que nos interrogaba y empezó a caminar con nosotras. Desconfíamos. Nos dijimos nuestro nombre ni edad, mucho menos que no éramos de allí.
Me angustié. Aún faltaban seis cuadras para llegar donde la abuela y súbitamente decidí regresar. Una mano obscena me detuvo. Hurgaba irrespetuosa en el pecho infantil al tiempo que con irónica voz masculina exclamaba “los tienes chiquitos”. Asustadas no entendíamos lo que sucedía. Mi hermanita me jaló de la mano y nos regresamos corriendo dos cuadras que parecieron eternas.
Nunca nos habíamos sentido tan desamparadas. No comprendíamos por qué en aquella ciudad que tan felices nos hacía, aquel desconocido nos trataba así. Abrimos la reja que ya no se nos hizo tan pesada y antes de tocar el timbre le ordené a mi hermana no decir nada. Con el miedo reflejado en el rostro, fuimos recibidas de nueva cuenta, por una muchacha que nos ignoró y unos primos felices ante nuestro regreso, que preguntaron “¿Se devolvieron?”. Con voz nerviosa afirmamos: “Es que tenemos ganas de crepas”.

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