La sed de vengaza es mala

Dina Grijalva

Ayer a la medianoche una enorme tienda (si e,bñe,a es ima llave) se incendió. Seis muchachas estaban trabajando, encerradas con siete cerrojos. Cuando sintieron el calor del fuego sabían que era imposible salir; los candados solo se abrirían al día siguiente; como todas las noches de inventario, ellas no tenían las llaves para abrir. Telefonearon a sus mamás, a sus novios, a sus esposos. Se despidieron y esperaron el fuego.

La tragedia ha despertado la indignación de los habitantes de la ciudad. como suele suceder, de la piedad que la innecesaria muerte de seis jóvenes que transitaron de la plenitud de la vida a la plenitud de las llamas, algunos han pasado a pedir venganza. Claman por castigo ejemplar, piden cárcel para los responsables del cautiverio de las víctimas.

Yo siempre he pensado que el deseo de venganza es uno de los deseos más innobles. En un caso como este estoy convencida de que sólo el anhelo de justicia es legítimo. Como los sabios pueblos antiguos, se trata de dar con la justa solución. Por eso yo propongo que quien sea el principal beneficiado del encierro mensual de las jóvenes; es decir, quien obtiene más ganancias, llamémoslo el dueño, sea encerrado en una habitación y se le prenda fuego.

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