Evolución

Gerardo Cornejo

Con las primeras cosechas llegaron los cambios al pueblo. La escuela se terminó y ya pudimos hacer el sexto año sobre pupitres de madera. Se repartieron lotes a los nuevos colonos y se empezaron a construir las primeras casas de adobe. ya no se filtrarían las heladas de enero por entre la pitahaya entretejida, ya se colaría viento polvoriento de la primavera y los adobes nos darían una fresca protección contra las oleadas hirvientes de los alientos de agosto. Teníamos nuestro propio lote y eso nos dio ánimos para plantar los primeros árboles y, por primera vez desde que salimos de la sierra, volví a ver las flores. Obeliscos rojos y geranios amarillos le dieron color a aquella vida cenizo-pálida que habíamos llevado ya durante siete años.

Pero faltaba una calamidad más: las inundaciones.
En el llano sediento no sabe llover; por eso, cuando llega a llover, llueve a patadas y se forman unas corrientes rápidas que duran unas cuantas horas, pero que arrasan con todo. Los cauces secos olvidan su oficio durante la sequía, así que cuando se convierten en arroyos efímeros se derraman por todas partes. Por eso era necesario encauzarlos entre largos bordos que desembocaban en los canales de riego. Y resultaba que cuando se desprendían esas corrientes, arrastraban bordos y desbordaban canales con una corriente lenta y pesada que entraba por el poniente del pueblo y lo iba llenando con un espeso líquido lodoso que lo impregnaba todo con su caldo café oscuro. Allí empezó el penar de las cosas de adobe que se fueron desmoronando hasta derrumbarse con estrépito dejando a sus moradores a pleno sol y con sus “garritas de fuera”. Cuántas luchas detrás de una trinchera de sacos repletos de arena y bordeados de tierra mojada para evitar el paso de aquel torrente chocolatoso cargado de espinas y alimañas; cuántas noches en vela midiendo el nivel del agua y adivinando cuándo subiría… y cuántos roperos y tinas, armarios y demás pertenencias pasaban flotando por la calle, hacia la parte baja del pueblo; donde después se armaría el pleito para deslindar la propiedad de cada uno. Cuántas suegras vociferantes que viajaban sobre llantas flotadoras y que después nadie reclamaría en el rebalse bajo. Esto hizo que Colonia Irrigación cambiara sus casas por los cuadros de ladrillo que después le caracterizarían. Más tarde la prosperidad agrícola haría que aquellos cuadros fueran pintados de colores chillantes que para aquellos viejos moradores de chozas eran el compendio del buen gusto.
Así el pueblo se fue haciendo un cuadro grande, dividido en cuadros medianos y dentro de éstos, los cuadros chicos de las casas cuadradas. El algodón trajo una abundancia momentánea que transformó aquellos sembradores afables en agricultores preocupados y “pendientes de un riesgo que las compañías despepitadoras toman a costa de llos y que siempre ellos resultan pagando”, nos repetía el maestro Tavera. “Por eso”, nos confirmaba contundente. “Cajeme está invadido de compañías americanas que protegidos por las autoridades mexicanas, empezaron ya el círculo de una explotación a gran escala basada en los robos que hacen en el pesado, en el seleccionado y en el clasificado del algodón”. Pero los agricultores, acostumbrados a los tiempos difíciles, no se daban cuenta de que estaban siendo sometidos por más que el joven maestro michoacano se los pregonara en plena plaza durante las fiestas nacionales. “Obregón ya no es sino el monstruo recolector del esfuerzo de todos los pueblos del valle”, agregaba Jacinto López, “el más típico repartidos de desigualdades. Por eso ya son los funcionarios e ingenieros del Plan Yaqui dueños de miles de hectáreas sin esfuerzo alguno, y las familias de allí ensanchan sus haciendas y amasan enormes fortunas, concentrando un poder económico que les ha hecho desarrollar la mentalidad más ferozmente reaccionaria del país. Así se cierra el nuevo círculo de crédito avío-cosecha, que asegura toda la producción para los dueños del capital y todo el trabajo para los dueños de la tierra. Luego, las despepitadoras americanas se llevan toda la ganancia, y dejan al pobrerío abanicando el hambre con sus tortillas secas”, terminaba enfático mientras paseaba su mirada de brasa por encima de un mar de sombreros.

Dejar un Comentario