Pierden partidos su capacidad de respuesta

En el año 2000, con motivo de la alternancia en el poder presidencial, el periodista Alan Riding, autor de “Vecinos distantes”, hizo la pregunta: ¿Cambiará México ahora?; él estaba convencido que el traspaso del poder era una señal inequívoca de que los mexicanos no estaban dispuestos a tolerar desaciertos en la conducción del país, de ello que decidieran depositar su voto de confianza en una nueva opción. Sin embargo, ¿cambió el país? Todo indica que no, quizás porque los gobernados no saben lo que quieren, y quienes gobiernan desconocen lo que desea la gente.
Sin embargo, en las dos últimas décadas la sociedad civil se ha vuelto más participativa en la toma de decisiones o asuntos que antes le estaban vedados y eran exclusividad de los partidos políticos y del Gobierno; esto suponía que “palo dado, ni Dios lo quita”, de tal manera que los gobernados terminaban generalmente por aceptar aquello que les afectaba aun cuando estuvieran inconformes. Esas respuestas no han cambiado mucho, pero no se puede ocultar que gradualmente se han estado modificando.
En “Vecinos distantes: un retrato de los mexicanos”, Riding establece que uno de los graves problemas de México es que los problemas, como las crisis recurrentes, son el lubricante y engrudo del sistema político y poco o nada se ha hecho para revertir esa situación. Esto se debe a que no se ha aprendido a captar y dimensionar el significado de un cambio, y lo cual conduce, finalmente, a aceptar a regañadientes aquello contra lo que se movilizaron porque supuestamente no estaban de acuerdo. En este sentido, los mexicanos no se han decidido a darle una vuelta a las páginas de la historia.
No obstante, lo que no está en duda es que los partidos están perdiendo su capacidad de respuesta frente al crecimiento de la conciencia política y de la sociedad civil que no se amedrenta y pugna por ocupar sus propios espacios. Los mexicanos parecen estar dolorosamente conscientes que no necesitan más a los partidos políticos para construir un Gobierno diferente y tienden a desplazarlos abanderando sus propias movilizaciones sociales. En cambio, los partidos han perdido su capacidad para convencer y atraer a las masas, motivo por el que las protestas ciudadanas adquieren un tinte social, de pueblo, no partidista.
Por eso, hay estudiosos que coinciden que se está siendo testigo de los últimos momentos de los partidos políticos, aunque como bien lo plantea el Instituto Nacional Electoral. ¿Con que organizaciones se cuenta para reemplazarlos y que organicen la vida política?, ¿qué sustitutos se tienen con mejores opciones para la vida democrática y su desarrollo?
Y se contesta a sí mismo: “Probablemente algunos partidos sean obsoletos, pero sin partidos que organicen y estructuren en alguna medida la competencia por el poder en todos los niveles de Gobierno, la democracia, especialmente en las grandes sociedades será imposible”. Eso es cierto, pero no invalida que los partidos estén siendo rebasados por los movimientos sociales, ya que la gente aparentemente ha perdido la confianza en esas instituciones, más cuando estas parecen tener la consigna de defender las causas que lesionan a los ciudadanos.
Los mensajes de enojo e insatisfacción se han multiplicado en las últimas semanas con motivo del desastre económico que golpea duro y macizo a la gran mayoría, tanto así que los partidos políticos tendrán que decidir si suscriben una alianza con los ciudadanos o si esperan, pacientemente, que la sociedad redacte sus epitafios.
La alarma está encendida: los partidos deben determinar si la apagan o se hacen de “los oídos sordos” para pasarla bien, tal como ha sucedido desde siempre. Sobre advertencia no hay engaño.

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