Trasnochados y prostituta del más allá, de la ciudad y los parajes de Huatabampo

Trasnochados y prostituta del más allá, de la ciudad y los parajes de Huatabampo

Bernardino Galaviz
Del autor Salvador Gallardo, sonorense por adopción, pero originario del Estado de Durango, reproducimos esta crónica novelada de esta microrregión de la vida sonorense, con el nombre “Trasnochados”, siendo el agregado nuestro: “Y prostituta del más allá en los parajes y la ciudad de Huatabampo”.

– Una velada abortada no merecía desperdiciar las horas en aburridas e iterativas pláticas, la reunión fue rota y cada quien se dispuso a tomar camino a sus respectivas casas. El frío arreciaba. Eran ya casi las once de la noche. La brisa característica de estos lugares hacía su presencia, cubriendo de rocío y empañando los carros. Huatabampo se veía desolado. Aquel barullo que acabó con la entrada del Año Nuevo era sólo un recuerdo: Comidas y bebidas en exceso, desvelos cotidianos, amontonaderos, gastos y más gastos. Nadie parecía caminar por las calles, y los carros yacían estacionados creando una especie de pueblo fantasma.

Los cuatro camaradas de largas anécdotas y de noches cortas que, minimizadas por las cervezas de cada fin de semana, dirigieron con calma sus pasos a sus vehículos. Este viernes iba a ser realmente muy largo, pensaba Sebastián en sus adentros. Encendió su carro, prendió las luces y fijó su vista en el tablero. Vio que tenía casi tanque lleno, combustible suficiente para llegar a Nogales o tranquilamente pasear por las calles desoladas de la ciudad. Abrió una cerveza más y se dispuso a vagar. Tomó el rumbo hacia la playa de Huatabampito. Traía suficiente cerveza como para ahogarse y compartir con otros.

En el OXXO, saliendo de Huatabampo, carretera a Yavaros, en el paradero de los autobuses, una chica, bastante llamativa: Short de mezclilla, entallado hasta las ingles; blusa rojo salmón, recortada a las costillas, dejando ver vientre y más de la mitad de su espalda. “¡Raite, raite!”, gritó al pasar lentamente Sebastián de su lado, quien, presto a brindarle el servicio, se detuvo metros adelante. Los pensamientos eróticos de Sebastián llenaron su cabeza al instante. Abrió la puerta, ella subió; inmediatamente le preguntó su destino y por qué de la trasnochada, al momento que con su mano derecha le tendía una cerveza. Ella toma el bote, acariciando la mano de Sebastián.

No habían recorrido ni un kilómetro cuando ella se le insinúa mostrándole un tatuaje de una mariposa en uno de sus grandes senos. Le pide que evalúe el dibujo, luego le acaricia su pierna y le dice sino quiere estar con ella íntimamente en alguno de los parajes que abundan por ahí.

Pasando la sábila, por un camino que rodea al pueblo. “Sebas” dirige su vehículo en un desolado terreno, en donde un gran mezquite adorna los cultivos de trigo. Bajo aquel frondoso árbol, como único testigo de sus pecados, detiene la marcha y apaga el motor. Afuera, el viento helado; adentro el perfume dominante de aquella mujer y el suave sonido de la música que la radio emitía. Abren otro par de cervezas y lanzan por la ventana los botes vacíos, como para dejar evidencia de su estancia en el lugar. Tras varios tragos profundos se vuelven cara a cara y comienzan a acariciarse. Salen del auto y dan rienda suelta a sus pasiones. Él mantenía sus ojos cerrados ante la excitación eminente; en un momento de la refriega sexual, ya para terminar, abre Sebastián los ojos. Tan grande fue su sorpresa, que con ambas manos y empleando su mayor fuerza se echó para atrás cayendo de espaldas y perdiendo el sentido.

El sol lánguido empezó a iluminar el espacio. Un campirano que recorría la ruta tropieza con Sebastián, a quien reanima, primero, golpeando sus pies y en seguida zarandeando su cabeza. Le dice: “¡Señor, hey, señor, señor!”, repetía el campesino, muy preocupado creyéndolo muerto. Sebastián sacude su cabeza, sin ton ni son. Abre sus ojos y aún asustado y temblando de frío agradece a su benefactor lo oportuno de su paso por aquel lugar.

Ya despabilado con un fuerte dolor de cabeza y ganas de vomitar se despide, no sin antes regalarle su dotación de cerveza que aún traía. Sube a su carro y emprende su regreso a la ciudad. Al tomar la carretera hace un recuento de lo sucedido. Su escepticismo en aparecidos o fantasmas lo mantenían tratando de explicar lo ocurrido por la noche. Era una mujer demasiado atractiva y ella se le insinuó, lo llevo hacia aquel lugar, pero lo que vio antes de perder el conocimiento nadie lo va a creer. Sus pensamientos se agolpaban y su corazón latía apresurado tan sólo de recordar aquella imagen.

Llegó nuevamente el viernes, día prescrito para salir a parrandear con los amigos. Sebastián esperó que pasaran varias rondas de cerveza para animarse a comentar lo sucedido la semana anterior. Así, tras cinco o seis cervezas digeridas, él les cuenta lo sucedido aquella noche. Describe a la muchacha como algo fantasmagórico, un cuerpo descarnado, el pelo de la cabeza cubriendo la espalda, cara sin facciones, traslúcida y, lo peor, la sensación electrizante al contacto una descarga paralizante y repulsiva.

Entre los amigos estaba Pablo, doctor del Seguro, quien dice ya haber escuchado sobre esa mujer: “El tatuaje de la mariposa en su seno, siempre vestida de color rojo, tiene dos años apareciéndose por la carretera rumbo a Yavaros. Era una muchacha que de día trabajaba en un empaque de legumbres y de noche se prostituía. Se le detectó como portadora de sida y murió abandonada por un cliente furtivo en un baldío cercano a la sábila. A muchos hombres les ha causado tremendo susto cuando acceden a subirla a sus carros y todos han quedado en ese sitio; a algunos hasta embolia o tartamudeo les causó”, finalizó Pablo su intervención rascando su frente como dudando de sus propias palabras.

Esa noche los cuatro amigos de farra salieron a sus casas. Después se supo que Sebastián falleció. Su deceso aún es comentado entre los trasnochadores a los que semana a semana les invade la curiosidad por buscar aventuras nocturnas. Nos enteramos por boca del doctor Pablo que la muerte de “Sebas” fue ocasionada por una deficiencia inmunológica, que su cuerpo quedó como un guiñapo.

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