Narradores norteamericanos… Tú eres el hombre

Edgar Allan Poe

Yo juzgaré el rol de edipo en el enigma de Ragttleborough. Les explicaré -como solamente yo puedo hacerlo- el secreto mecanismo que dio como resultado el milagro de Ragttleborough, el único, el verdadero, el reconocido, el indiscutible milagro que acabó para siempre con la infidelidad de los rattleburguenses y devolvió a la fe de los abuelos a todos los pecadores que se habían atrevido a mostarse incrédulos.

Este suceso -que lamentaría mucho narrar en un tono de inadecuada levedad- tuvo lugar durante el verano de 18.. Mr. Barnabas Shuttleworthy, uno de los hombres más ricos y respetables del pueblo, había desaparecido día atrás, en circunstancias que hacían temer las más funestas consecuencias. Había salido de Rattleborough muy temprano un sábado, en su caballo, con el manifiesto propósito de trasladarse a la ciudad de N… a unas quince millas, y volver esa misma noche. Sin embargo, dos horas después su caballo volvió sin jinete y sin los sacos que al partir había llevado a la montura. El animal estaba herido y cubierto de barro. Naturalmente, aquellas circunstancias, alarmaron a los amigos del desaparecido. y cuando el domingo por la mañana se supo que no había vuelto, el pueblo se levantó en bloque para buscar su cadáver.
El primero y más enérgico organizador de la búsqueda fue un íntimo amigo de Mr. Shuttleworthy, de nombre Mr. Charles Goodfellow, o como todos le decían, Charly Goodfellow o el viejo Charley Goodfellow. Pues bien; si se trata de una asombrosa coincidencia o si cada nombre tiene un efecto apenas perceptible sobre el carácter, es cosa que no puede certificar nunca, pero jamás ha existido un hombre llamado Charles que no fuera un individuo honesto, viril, bondadoso y sincero, dueño de una voz profunda, nítida y agradable de escuchar, y unos ojos que enfocan como diciendo: “Tengo la conciencia tranquila, a nadie temo y jamás cometería una acción mezquina”. Y así ocurre que todos los buenos, negligentes “actores de carácter” se llaman con toda certeza Charles.
Ahora bien; aunque sólo llevaba unos seis meses en Rattleborough y nadie tenía noticias antecedentes de él antes de instalarse entre nosotros, el viejo Charley Goodfellow no había encontrado dificultad alguna para hacerse amigo de la gente respetable del pueblo. No había vecino que hubiera dudado un segundo de su palabra, y de ser, en consecuencia, poseedor de uno de esos rostros sinceros que constituyen “la mejor carta de recomendación”.
Ya he dicho que Mr. Shuttleworthy era uno de los vecinos más respetable y sin duda, el más acaudalado del pueblo, y que el viejo Charley Goodfellow había intimado con él al punto de parecer su hermano. Ambos eran vecinos, y aunque Mr. Shuttleworthy visitaba poco -si es que lo hizo alguna- al viejo Charley y nunca fue público que comiera en su casa, ello no impedía que ambos estuvieran muchísimo juntos como ya lo he dicho. Así es el viejo Charley no pasaba día sin entrar tres o cuatro veces a ver cómo estaba su vecino, y muchas veces se quedaba a desayunar o a tomar el té, y casi siempre a cenar. En estas últimas oportunidades, habría sido difícil saber qué cantidad de vino consumían de una sola vez. La bebida favorita del viejo Charley era el Chateau Margaux, y a Mr. Shuttleworthy parecía complacerle ver a su amigo bajar botella tras botella. Así, un día en que el vino había estimulado el ingenio de ambos, aquél dijo a su compañero pegándole una palmada en la espalda.
-Te diré una cosa, viejo Charley, y es que eres el mejor amigo que tuve desde que nací. Y ya que tanto te gusta ese vino, que me cuelguen si no voy a regalarte un gran cajón de Chateau Margaux. ¡Qué me cuelguen -repitió Mr. Shuttleworthy, que tenía la mala costumbre de los juramentos, aunque bastante inofensivos- si esta misma tarde no encargo a la ciudad un cajón doble del mejor vino y te lo regaló! ¡Verás si lo haré! No digas nada; lo haré y se acabó. De modo que ponte en guardia… ya te llegará cuando menos lo esperes.
Menciono este ejemplo de generosidad de Mr. Shuttleworthy para evidenciarles lo íntimos que eran:
Ahora bien, el domingo por la mañana, cuando nadie dudaba que a Mr. Shuttleworthy le había ocurrido algo grave, no vi a ninguno tan preocupado como el viejo Charley Goodfellow. Cuando oyó que el caballo había vuelto a casa sin su amo, sin los sacos y cubierto de sangre como consecuencia de un disparo que había atravesado el pecho del pobre animal sin matarlo; cuando oyó todo eso, empalidecía como si el desaparecido hubiese sido su padre o su hermano, mientras temblaba como atacado por una fiebre palúdica. En un primer momento pareció demasiado abatido por el dolor como para tomar iniciativa alguna o proponer algún plan de acción. Durante un buen rato se esforzó por persuadir a los otros amigos de Mr. Shutleworthy de que no tomaran medidas, ya que era preferible esperar -una semana o dos y aun un mes o dos- por si se producía alguna novedad o si el mismo desaparecido volvía dando sus razones por haber abandonado en esa forma a su caballo. Pienso que ustedes habrán notado esta tendencia a contemporizar o a posponer en personas que sufren un dolor muy intenso. Sus mentes parecen entorpecidas y sienten una especie de horror por la acción; nada les parece mrjor que quedarse inmóviles en su cama a “acunar su propia pena”, como les gusta decir a las ancianas. En otras palabras, a rumiar sus dificultades. (Continuará).

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