Maximino Salayandía

Gerardo Cornejo

-Ése fue anterior a Toribio -dijo mi padre- y su origen se fue borrando con los años al grado de que se fue fundiendo con la leyenda. Por eso nadie supo nunca de dónde había venido ni adónde tendría que regresar. Lo cierto es que un día llegó al pueblo todo agitado en entusiasmo, pidiendo que lo escucharan. Todos sabían que cuando venía en ese estado contaba sus mejores mentiras, así que lo rodearon para enterarse de la nueva. El, con su seguridad de siempre, empezó a relatar que venía del rumbo de Tezopiri, cuando divisó un venado pastando cerca de un gran encino. De un salto se bajó del caballo sacando el rifle en el mismo movimiento; el venado levantaba la cabeza para ventearlo cuando él le soltó el tiro. Cuál no sería su sorpresa que la bala atravesó al animal yéndose a incrustar en el tronco del encino. Cuando llegó a levantarlo lo notó salpicado de miel y era que en el tronco había un gran panal y la bala lo había alcanzado haciendo brotar un chorro amarillo. Entonces, se aprestó a tapar el agujero para no perder el líquido y, al estirar el brazo para alcanzar un manojo de hierba, agarró una liebre, las codornices y la miel en la mula y huir despavorido. La carrera hizo que la carga se desparpajara “por eso vine chorreando miel y sangre por todo el camino”, dijo.

Como hubo burlas el los desafió a que fueran al corral a ver la mula. Aceptaron el reto y para su sorpresa la encontraron allí, cargada con un venado, un panal en pedazos, varias codornices y una liebre larga y moteada, todo en un desorden digno de una estampida. Él, con una sonrisa leve y disimulada, les dejó colgada la duda en los ojos de interrogación que pusieron.
Todavía les duraba aquella sorpresa cuando un día lo vieron bajar por el lado del Agua Salada con la montura a cuestas. Estaba visto que algo semejante le había sacudido porque traía estampada en la cara la sonrisita ladiada que todos le conocíamos. Ya que se había asegurado la atención de todos, empezó a contar que en la cuesta de La Mala Noche había parado a dormr porque venía rendido de tanto trajinar por los pueblos cumpliendo su oficio de entregar la correspondencia. Así que sabaneó la mula y se puso a dormir sobre los bultos usando la montura como almohada.
Era todavía lal madrugada cuando se levantó para ir a traer la mula. A los lejos, entre el breñal que está cerca de las cuevas, divisó el bulto tordilo de su bestia en la semioscuridad, la lazó y regresó a su campamento para terminar con los arreglos y salir antes que aclarara.
Cuando emprendió el camino notó que el paso de la mula era muy extraño pero se despreocupó decidiendo esperar a que amaneciera para revisarle las herraduras. Al rato le empezó a extrañar también el tamaño de la mula y su raro comportamiento, hasta que empezó a oír que gruñía. Intrigado, y ya que la claridad primera del día estaba llegando desmontó sólo para quedarse paralizado por la sorpresa; lo que había lanzado, ensillado y cabalgado, no era su mula sino un enome oso “de los que tienen sus madrigueras en las cuevas de El Septentrión y se roban los elotes de sus milpas”, dijo muy seguro.
Tuvo después que perseguirlo todo el día para quitarle la montura, hasta que la fiera se la arrancó contra los árboles y las rocas de la cañada.
Después él supuso que aquel maldito animal de uña había matado a su mula y la habría arrastrado hacia las cuevas pues no pudo encontrar rastro alguno de ella. “No tuve más remedio que echarme la montura al lomo y hacer todo el camino a pie”, afirmó. Luego, todos se acercaron a ver la montura y encontraron que estaba llena de pelos y que olía toda a oso montuno.
Así fue sembrando embustes entre los pueblos de la sierra. Fue él quien platicó haber visto a los habitantes de Bámori echando al agua el alambre de púas para que se ablandara y haciendo un boquete en el techo de la iglesia para sacar un carrizo largo que se había quedado adentro durante su construcción.
-Como el carrizo había quedado parado -platicó- no se les ocurrió otra manera de sacarlo. Desde entonces le llaman bamoreño a todo el que dé muestras claras de ser muy bruto.
Y un día no volvió más, los pueblos se preguntaban unos a otros por Maximino Salayandía, pero éste no reapareció jamás por ninguno de ellos. Algunos dicen que murió del corazón porque un día que se agitó mucho durante un rodeo, sintió desfallecer y se sentó bajo un encino a decirle a su corazón; ¡no se me raje cabrón, porque nos morimos juntos!
Por lo menos eso aseguran haberle oído decir. Lo cierto es que él dejó suu duda dispersa por toda la sierra hasta que el recuerdo de todos lo recogió hecho leyenda.- Terminó mi padre.

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