El nuevo presidente

El nuevo presidente

Trump es la superficie, el problema está en su base social

PROCESO.-
La tesis es ésta: Lo realmente preocupante no es el nuevo presidente de Estados Unidos sino las actitudes y demandas de quienes lo pusieron en el poder y que representan a la mitad de la sociedad políticamente activa de ese país.

Hoy, la única superpotencia ha colocado en su institución más poderosa, la Presidencia, a un personaje absolutamente improbable y peligrosamente impredecible: Donald John Trump. Se trata de un constructor multimillonario (3 mil 700 millones de dólares) de 70 años, ex conductor de un programa de televisión –un reality show con una audiencia de 7 millones–, sin ninguna experiencia política y con obvios y serios problemas de personalidad.

Los datos anteriores tienen interés por sí mismos, pero para México resultan cruciales pues el señor Trump ha decidido caracterizar la relación con nuestro país como fundamentalmente antagónica al interés nacional del suyo. Y así, lo que desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994 ha sido una situación de interdependencia asimétrica entre países vecinos, ahora es presentada por el próximo presidente norteamericano como una incompatibilidad de proyectos, como un juego de suma cero.

Al arrancar en 2015 la carrera de los aspirantes del Partido Republicano de Estados Unidos en pos de la candidatura presidencial, muy pocos consideraron que Trump pudiera llegar a ser realmente el abanderado republicano y menos aún el ganador de la elección de 2016. Se suponía que entre los 17 precandidatos republicanos iniciales, el finalista sería un político profesional como Jeb Bush –ex gobernador de Florida e hijo y hermano de presidentes– o Marco Rubio o Ted Cruz, senadores por Florida y Texas, respectivamente. Para sorpresa de casi todos, las bases republicanas le dieron ese papel a Trump, el multimillonario “no político” y estrella de televisión.

Desde el inicio, Trump despertó el interés de los mexicanos, pero por malas razones: Porque en el arranque mismo del proceso electoral, el personaje decidió construir una parte central de su discurso alrededor de temas específicamente antimexicanos. En efecto, el 16 de junio de 2015, en la Torre Trump, en Manhattan, el rubio constructor afirmó: “Cuando México nos manda a su gente, no manda a los mejores. No los manda a ustedes. Envía a gente con montones de problemas y nos traen esos problemas. Ellos traen drogas y crimen. Son violadores. Aunque, supongo, que algunos de ellos son gente buena”. De esa caracterización tan negativa como injusta de los 5.8 millones de mexicanos indocumentados que se calcula viven en Estados Unidos, Trump pasó a proponer un remedio drástico: La erección de una gran muralla a lo largo de los 3 mil 145 kilómetros que constituyen la frontera entre México y Estados Unidos, la deportación de los indocumentados y, finalmente, la renegociación o derogación del marco en que funciona el comercio bilateral México-Estados Unidos y que asciende a 531 mil millones de dólares anuales (2015): El TLCAN.

Esta última propuesta de Trump es un golpe al corazón del proyecto neoliberal en que se embarcó a México a partir de la decisión de Carlos Salinas de Gortari de firmar el TLCAN y dejar atrás el modelo económico nacionalista heredado del cardenismo. Lo que Salinas y los suyos buscaron fue integrar la economía mexicana a la norteamericana pese a la desigualdad entre las partes. Hoy, como ya se señaló, ese intercambio comercial con Estados Unidos llega a 531 mil millones de dólares, a lo que debe añadirse el rubro de servicios: alrededor de 60 mil millones de dólares anuales. El 80% de las exportaciones mexicanas de manufacturas se dirigen a Estados Unidos y de ahí recibe 50.2% de sus importaciones (2012). Por ello la sorpresa, temor e incertidumbre que se han extendido en México ante la posibilidad de que Trump, como presidente, cumpla total o parcialmente con su proyecto de deportar a millones de mexicanos y de revertir la integración económica con México con medidas arancelarias.

EL FONDO DEL PROBLEMA
En la historia mundial contemporánea hay ejemplos dramáticos del papel que un líder puede jugar en la dirección que tome la política interna y externa de su país. A la mente vienen, de inmediato, no sólo los nombres de Hitler y Stalin, sino también de Gandhi, Roosevelt o Mandela. Sin embargo, el ascenso e importancia que esas figuras adquirieron se explica finalmente por el contexto social y una situación de crisis o circunstancias de injusticia extrema en sus países o en el sistema internacional. En contraste, en los Estados Unidos de 2016 que eligió a Trump no había, no hay, ninguna crisis económica ni amenaza externa que explique al personaje. La economía creció a 3.5% en el último trimestre de 2016 y el desempleo se encuentra en mínimos (5%). Sin embargo, el sentido de injusticia sí ha anidado en una parte de la sociedad norteamericana. Finalmente, el carisma de Trump –esas cualidades personales excepcionales que, en situaciones fuera de lo ordinario, le permiten a un individuo imponer su voluntad sobre otros y transformarlos en seguidores– no parece alcanzar los niveles de ninguno de los grandes líderes históricos, pero resulta que el de su rival fue mucho menor o inexistente.

¿Cómo explicar entonces que Trump haya podido imponerse en las elecciones primarias y luego recibir 61.2 millones de votos en las presidenciales? Y todo sin haber llegado a formular un proyecto coherente de futuro, salvo el compromiso de volver a “hacer grande a Estados Unidos”. Un primer paso en la explicación es la naturaleza absurda del sistema electoral; uno que da la última palabra a un Colegio Electoral donde la representación es por estados, lo que permite que alguien sea declarado vencedor pese a no tener la mayoría del voto ciudadano. Pero dejemos de lado esa peculiaridad del sistema norteamericano y vayamos a la naturaleza misma de la contienda electoral.

La candidata demócrata, Hillary Clinton, esposa de un ex presidente, tuvo más votos directos pero nunca despertó gran entusiasmo entre sus partidarios. Además, los malquerientes de la demócrata estaban concentrados en estados clave para el conteo en el Colegio Electoral. De ahí que muchos observadores concluyeran: Trump ganó los estados clave no por él mismo sino ¡por no ser Hillary Clinton!

Y es que la señora Clinton –y antes los precandidatos republicanos descartados por el fenómeno Trump en las primarias–, no entendió lo que el multimillonario neoyorquino sí entendió y muy bien: Que en una amplia zona de la sociedad norteamericana había una fuerte concentración de malestar, frustración y rabia por la forma en que la élite política –demócrata y republicana– los había ignorado durante años y a los que la señora Clinton en un mal momento llamó “conjunto de deplorables”. Esos “deplorables” se vieron a sí mismos como injustamente relegados por las élites políticas –personificadas por la Clinton– en el proceso de evolución económica, social y cultural de Estados Unidos y tomaron su revancha.

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