El gorro verde limón

El gorro verde limón

Silvia Rousseau

Cursaba el quinto año de primaria cuando nos informaron en clase que al día siguiente habría un festejo de agradecimiento para los benefactores del orfanato. La ceremonia sería a las diez de la mañana de un mes en que todavía el frío bautizaba cada amanecer. Esa tarde, con urgencia le pedí a mi mamá que me despuntara el cabello. Realmente no necesitaba corte, pero yo quería ir bien arreglada al festejo. El cabello me llegaba a los hombros y ella, un tanto angustiada, hizo lo que pudo con unas tijeras sin filo. Para mi desgracia el corte quedó mal desalineado; ante este inconveniente mi madre dijo que la solución era que mi apá me llevara con su peluquero, que además era mi padrino de bautizo, sin duda él resolvería el problema porque, ¿quién más podía tener tijeras como las que yo necesitaba si no era un peluquero? Él podría redondear un poco el corte de “principito” que yo exigía. Pues iríamos con el padrino entonces. Siempre pensé que más que un padrino para mí, mi apá buscó un compadre para él, porque, cariño; lo que se llama cariño entre el padrino y yo, nunca lo sentí.

Cuando llegó mi papá de la oficina, salimos inmediatamente al establecimiento. Pero el peluquero era otro. Sabino, el que se encargaba de cortar el cabello a mis hermanos. Después de los saludos de rigor mi apá le pidió al señor que arreglara mi cabello y tal petición sonaba rara, ya que se trataba de una peluquería para varones. Estoy hablando mucho de antes de la era unisex.
Para mi mala fortuna la plática de los señores y el cepillado de mi cabello hizo el efecto de una inyección de anestesia general, me dormí profundamente, y desperté al sentir en el cuello el viento frío de la tarde-noche. Todavia estaba sentada en la butaca de peluquero con un plástico anudado a mi cuello y cuando me vi en el espejo, no lo podía creer ¡Sabino me habia cortado el cabello como un niño! ¡Casquete corto!, rasurado en la nunca llegando casi a la línea de las orejas. Quedé sin un cabellito que dijera que yo era una niña de nueve años. Miré a mi apá esperando una explicación, quería que me dijera por qué no intervino cuando el peluquero me estaba dejando pelona. Ante mis reclamos me contestó conundido:
-Eso era lo que quería tu mamá, ¿qué no?-
Me subí al carro donde esperaban mis hermanos y soltaron la carcajada. Fui el payaso que les alegró el camino de regreso. No tenía deseos de volver, me sentía desprotegida, era como si yo fuera un Sansón chiquito al que se le termina su seguridad y fortaleza por perder la melena; el último reducto de mi vanidad había quedado en el suelo de la peluquería. ya era de noche, hacía frío y nada podía hacerse, mis orejas heladas daban fe de que el cabello sirve para calentarlas.
Mis papás discutieron ¡Pobre de mi papá! Al parecer él no entendió que solamente me iban a emparejar el corte de cabello, yo no quería salir de la recámara y para colmo, al día siguiente era el festival y tenía que asistir con cuatro pelos en la cabeza. Esa noche no dormí, la pasé ahogándome en mis lágrimas, pidiéndole al cielo que me creciera el cabello, aunque fuera un poquito pero que me creciera, lloré deseando que de manera milagrosa devolviera el tiempo y me pusiera de nuevo en la silla de Sabino pero esta vez sin dormirme para que, con el primer zumbido de la maquinita rasuradora yo hubiera dicho: ¡Alto! Esa noche me sentía como las canciones tristes que cantaba el español Joselito, donde siempre tenía alguna madre perdida, muerta y él era un niño al cuidado de un puñado de adultos ingenuos o retrasados mentales llamada la banda del Cucú.
A la mañana siguiente, tal como lo supuse, mis hermanos se burlaron nuevamente de mi cabeza rasurada y tuve que ir a la escuela luciendo un gorro de estambre verde limón, para que de esa forma el viento mañanero no congelara mis orejas. Pero yo necesitaba un mameluco porque llevaba helada el alma y los ánimos estaban tan fríos como la hielera. En el camino iba pateando los terrones húmedos que me hallaba, únicamente iba pensando en qué día me esperaba.
Entramos al patio en formación como era costumbre, ocupamos la escalinata que rodeaba el patio y también había bancas donde nos acomodaron a las alumnas de primaria. La ceremonia estaba por comenzar cuando una religiosa se dirigió a mí y ordenó:
-Quítate ese gorro, es muy llamativo, se ve desde el podio- dando media vuelta subió la escalinata para llegar hasta donde estaban las altas autoridades del Colegio y los señores gringos.
En cuanto me quite la prenda mis compañeras de la fila de atrás soltaron la carcajada, mi cabello más largo estaba en el copete y creo que medía cinco centímetros; a simple vista se me podía ver el cuero cabelludo, se me transparentaba el cráneo y yo creo que con un poco de más luz se me podía ver el cerebro trabajando. Mis pensamientos eran transparentes, con seguridad nadaban en el líquido de la memoria junto con los enojos, que para esos no existía gorro verde, rojo o morado que los pudiera ocultar; pues las neuronas encargadas de tan difícil labor estaban echando chispas y se avecinaba un corto circuito. Sentía las orejas calientes por la ira. Miraba a las niñas de enfrente. Ahí estaba Alma Delia Inowe con su larga cabellera rubia, Rosa Soria luciendo su ensortijado pelo: Las envidiaba, sí, ¡pero cómo las envidiaba! pues, ellas tenían el cabello como lo tuve un día antes y eso me hacía sentir una impotencia enorme. Ese tipo de vergüenza es de los que no se olvidan nunca, aunque se corte uno el cabello mil veces, siempre queda ahí esa fotografía en blanco y negro de uno mismo, siendo aniquilada por la comicidad que una misma provoca, por el error propio y ajeno, pero finalmente un error que pudo haber sido evitado.
No puse atención en el desarrollo del festival, yo traía mi bronca al ras de la piel, tenía que hacer grandes esfuerzos para no decir algo, no sé, una majadería al mundo o estallar en sollozos, para darle pierna suelta al remolino de reclamos contra todos los involucrados, porque en eso había un culpable, alguien que cargara con la responsabilidad de haberme amputado la alegría de esa forma y mi vanidad, porque ni mis ojos verdes, que se veían hinchados por la lloradera de la noche anterior; podían estar hermosos, al contrario, lucían enrojecidos y los párpados eran dos globos repleto de agua. Entonces en mi interior saltaba la pregunta:
-¿A quién se le ocurrió dejarme pelona? Y mivoz interior respondía:
-Tú sabes bien que la lista empieza con Sabino, luego tu papá, después tu mamá y al final ¡oh! tú, pobre víctima de las tijeras sin filo.
-¿Y a quién se le ocurrió quererse cortar el cabello un día antes del festejo? Y la voz interna contestaba:
-¡A ti recabronsísima chamaca!
Y me quedé con la cabeza agachada como los perros cuando son humillados, haciendo el ridículo y soportando los comentarios agrios de las otras niñas.
Una hora y media después terminó el tormento, que para mí fueron noventa minutos áridos y tan lentos como el caminar de una tortuga con reumatismo. Todo el tiempo tuve ganas de mentarle la madre a alguien, ¿pero a quién? Además ni en mi casa se podían decir esas palabras, mucho menos en el colegio, pero una llamita ardiente en mi estómago gritaba pidiendo algo, qué sé yo, salir a patear perros no era mala idea, el caso es que me sentía envenenada de coraje y era terrible no poder expresarlo. Si esa sensación colérica, hubiera tenido olor, seguramente sería tan desagradable como el que despide una docena de huevos podridos junto a una deyección de perro. El gorro verde limón y yo, fuimos amigos inseparables mucho tiempo.
Por fortuna el cabello crece, poco a poco pero crece y para el mes de mayo ya podía peinarme y usar una diadema, tenía el fleco largo y abundante que me cubría la mirda. Qué suerte tuve de que en esa larga y penosa espera no se les ocurrió tomarme una fotografía. Ahora Lupe dice que no me veía tan mal, algo rara sí. ¡Tan linda mi hermana!.

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