Dios, Francia y monarquía… Después de la Guerra Civil. Jalisco (1860-1863)

Mario Aldana Rendón

En el momento en que le escribo, le dice Angulo, el estado está acéfalo porque “el señor Ogazón, se encuentra encerrado en su casa atacado de una fiebre catarral, sin dejarse hablar de nadie…”, no ata ni desata y si tuviera que ser sustituido en el mando militar por agravarse la enfermedad, el sustituto se encontraría, con que:

No hay un sólo peso de que disponer para el socorro de una guarnición de cerca de dos mil hombres que actualmente existe; no se cuenta ni con diez cajones de parque, ni con recursos para construirlo; los coroneles no tienen confianza de sus oficiales y éstos y los soldados odian y maldicen a aquellos porque los tienen encerrados y muertos de hambre.No hay policía y, en consecuencia, con la mayor impunidad, se forman los clubes reaccionarlos y trabajan en aumentar el desconcierto.
El comercio está en una completa paralización, porque la absoluta falta de seguridad en los caminos tiene interrumpido el tráfico, los víveres, aun los de primera necesidad, disminuyen en cantidad y suben de valor; el hambre de la clase media y del pueblo se hace ya notar de un modo alarmante y, en fin, todas las clases de la sociedad, viven en un constante desasosiego, esperando por momentos un drama sangriento, un desquiciamiento universal de funestísimas consecuencias”.
Si bien esta carta describe con nítidez el desorden administrativo y la ausencia de una dirección militar competente, no puede obviarse el sentido político de la misma, pues como hemos señalado anteriormente. Ogazón, con su radicalismo, había venido perdiendo su gran prestigio obtenido en la Guerra de Reforma. Tampoco puede pasarse por alto la renuencia de Ogazón y su pequeño grupo político a escuchar ideas distintas a las suyas. Asi pues, tenemos en Jalisco un gobierno sordo ante las voces de los otros grupos liberales, y a un gobernador que empieza a dar muestras de cansancio después de cinco años de intensa lucha.

Manuel Doblado; vino, vio y salió
No solo el magistrado Angulo se dirigió al general Doblado en busca de su intervención para sacar a Jalisco del caos en que lo tenía inmerso el gobernador Pedro Ogazón; casi en los mismos términos lo hicieron los magistrados Gregorio Dávila y Jesús Camarena, y el doctor en filosofía y miembro del Cabildo eclesiástico de Guadalajara, Juan José Caserta, tdos ellos liberales moderados que pugnaban por el fin del gobierno radical de Ogazón. Con base en estas demandas, Doblado, también un liberal moderado tendiente a conservador, comentó la situación con el presidente Juárez, quien decidió nombrarlo gobernador de Jalisco el 11 de noviembre, convirtiéndose en gobernador y comandante militar de dos estados al mismo tiempo.
Ogazón se encontraba en campaña en el puente de Tololotlán cuando se enteró del nombramiento de Doblado, por lo que de inmediato regresó a Guadalajara para formalizar la entrega del poder. El 15 de noviembre Doblado asumió el cargo con mas voluntad y confianza que conocimiento del tamaño del problema al que se enfrentaba, ya que apenas el 21 de octubre, en las mesas de San Juan en el municipio de Tonalá, la brigada al mando del coronel Leónidas Torres había sido completamente derrotada por una fuerza conservadora de más de tres mil hombres, que amagaron con atacar la ciudad de Guadalajara. Las fuerzas conservadoras partidarias de la intervención se fortalecían de manera vertiginosa en el estado, en tanto que las fuerzas liberales carecían de dirección adecuada y de suficientes elementos de guerra para combatirlas adecuadamente. Tratando de desacelerar la rebelión, Doblado el 16 de noviembre expidió una ley de amnistía en la que ofrecía todo tipo de garantías a quienes dejarán las armas.
Ese día, Doblado, cumpliendo órdenes expresas de Juárez, escribió al general Plácido Vega, gobernador de Sinaloa, ordenándole que a la brevedad posible, se dirigiera a Jalisco al frente de sus tropas y le recomendó “en lo privado que por ningún motivo ni pretexto siga usted gastando los productos de esa aduana marítima”. Se refería Doblado a la aduana de Mazatlán, una de las pocas fuentes de ingresos de las que podía disponer el gobierno de la república para sostener sus fuerzas armadas. Y le advierte;
Necesitamos ayudar al señor presidente, con obras y no con palabras. Ningún gasto, ,sea el que fuese, puede usted tener en esa, que sea comparable con aquel. Cuento, pues con que esta vez, oirá la voz del amigo que penetra el tamaño del peligro en toda su exsxtensión y quiere que usted no incurra con su resistencia en una nota que sólo merecen los traidores. El señor presidente ha confiado en mí para hacerle llevar los productos de Mazatlán y Manzanillo y yo le he ofrecido que los tendrá, por usted y yo y todos no ahorraremos sacrificio para ayudarle en el trance terrible porque está pasando.
La lucha por los productos de las aduanas fue una constante entre los gobiernos estatales y el gobierno federal ya que había pocas fuentes de ingresos seguras para costear la guera. Muchos gobernadores acudían a estos ingresos producto de los impuestos recabados por las mercancías descargadas en los puertos, para sostener algunas tropas y el funcionamiento de la administración. Pero no faltaron quienes disponían de estos ingresos de manera discrecional para sus propios fines políticos, como estaba sacudiendo con De la Vega en Sinaloa y Santiago Vidaurri en Nuevo León y Tamaulipas. (Continuará).

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