Ciudad amada

Dina Grijalva

Culiacán es una ciudad líquida. Tres hermosos ríos la atraviesan y le dan vida, exuberancia y no fulgor único. Su cielo la inunda de lluvia que desciende a veces con un ritmo acompasado y otras con la fuerza de latigazos de agua. Durante muchos años mi ciudad dejaba (o propiciaba, no lo sé a ciencia cierta) que asesinaran a algunos de sus hijos, ello con un ritmo lento, como de rituales propiciatorios. Pero ese ritmo ha ido in crescendo en los últimos tiempos; 30 muertes por mes (un ciclo casi lunar), 60 jóvenes inmolados en un mes, 90, 120, 150… Vivir aquí es vivir en una espiral de la muerte en la que todos estamos inmersos.
No deseamos cambiar de sitio, la ciudad nos seduce, nos abraza, nos arropa. Si en alguna ocasión vacilamos y pensamos en emigrar, es siempre el amor inmenso que le tenemos el que gana la partida. Amamos un terrible escenario en donde los papeles de protagonistas y espectadores se entrecruzan en el momento menos esperado. A veces este escenario es un enorme salón de baile con música y alegría a raudales; en esas ocasiones los líquidos que lo dominan todo. Y, a veces, mi ciudad parece ser una gigantesca ruleta rusa en donde es el azar quien decide quién muere y quién espera su turno para el siguiente giro; el intenso color rojo de la sangre inundándolo todo es el predominante en este escenario.

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