Los fantasmas continúan espantando

En el marco de la presentación del informe 2017 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), José Antonio Meade Kuribreña, secretario de Hacienda y Crédito Público, no se anduvo por las ramas y dejó en claro que se empieza a agotar la posibilidad de que México aproveche el gasto público como palanca de desarrollo. Esto significa que los ingresos del Gobierno están tan comprometidos o tan mal distribuidos que se desatienden algunos rubros y hay que acudir a otras fuentes para financiarlos.

Inclusive, aunque la Ley de Egresos de la Federación 2017 prevé un gasto total neto de 4 billones 837 mil 512.3 millones de pesos, se estima un déficit presupuestal del orden de los 495 mil millones, y ante lo cual la composición del gasto no da espacios de libertad para impulsar de una manera equilibrada el crecimiento, y mucho menos incrementar el gasto social para atender, ya no solucionar, los problemas de marginación y pobreza.

En palabras más o en palabras menos, el secretario de Hacienda está señalando “con el dedo” a otros actores y no al Gobierno Federal de que el presupuesto sea selectivo, es decir “para estos sí pero para estos no” y, finalmente tienda a agotarse la posibilidad de que el gasto público apalanque el desarrollo.

¿Pero quiénes son esos actores?, ¿Son acaso los diputados federales que, generalmente, a “un cuarto para las doce” revisan y modifican el presupuesto de ingresos y egresos que en su oportunidad les es turnado por el Ejecutivo Federal a través de la Secretaría de Hacienda? Más claro, ni el agua.

Y es que para nadie es un secreto cómo los legisladores acomodan las partidas, no precisamente para que el presupuesto se distribuya con criterios de más equidad y justicia social, sino para quedar bien con los grupos de poder o sectores de la población con los que tienen compromisos y facturas pendientes que cubrir. Sólo así se explica, más allá de la obesa deuda pública externa e interna, que mientras algunos rubros tienen asignaciones presupuestales de privilegio, otros, en cambio, tienen partidas de mendigo.

En este sentido, los diputados federales, ya no digamos los de las legislaturas locales, no actúan la mayor de las veces en función de las demandas colectivas que requieren ser atendidas de manera justa y pronta, así como con sensibilidad y un alto sentido de responsabilidad social, sino que se dejan llevar por intereses políticos, económicos y partidistas; esa cultura tradicional, obsoleta y escasa de ética debería, hace tiempo, haberse depositado en el cesto de la basura. Pero no es así, ya que cada quien quiere llevar “agua para su molino”.

Meade Kuribreña, ante esa realidad, considera que el Gobierno tendrá que impulsar el crecimiento y desarrollo, sustentado en un apalancamiento fiscal y monetario, y en las reformas estructurales. Mientras, el gasto público para abatir la pobreza continuará siendo bajo, tanto así que los 67 millones de mexicanos que resienten algún tipo de pobreza tendrán que aguantarse y hacerle otro hoyo al cinturón. ¿Y el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico?

Por si esto fuera poco, la OCDE establece que para terminar con las enormes desigualdades que estrangulan a los mexicanos que menos tienen, la economía debe de crecer por arriba del 5.0 por ciento, pero ante tanta incertidumbre el Banco Mundial determinó reducir sus previsiones para la economía mexicana en este año de 2.8 a 1.8 por ciento.

¿Y ahora cómo le hacemos? Los fantasmas siguen asustándonos, y estos sí espantan.

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