1928, de duelo en Navojoa, Sonora

Los efectos del asesinato del Gral. Álvaro Obregón (el 17 de julio de 1928) fueron inmediatos. Al día siguiente en Navojoa, en sesión extraordinaria, la Cámara Agrícola y Comercial del Río Mayo les solicitó a los comerciantes de esta ciudad que cerraran sus establecimientos durante tres días debido al duelo causado por la muerte del prócer del Mayo.
El día 30 de ese mes, la misma Cámara informa que su Junta Directiva le solicitó atentamente al Ayuntamiento que, en la forma legal acostumbrada, se le cambiara el nombre a la Avenida Central por el de Sr. Álvaro Obregón, en honor del extinto presidente honorífico de esa institución. También se nombra una comisión para la construcción de un monumento en honor del General Obregón. (Actas de la Cámara de Comercio de Navojoa).
El impacto de la noticia de su muerte dio paso a la tristeza y la desolación; si la sociedad entera se sentía consternada, su familia estaba devastada, pero tenía que levantar la frente y mirar hacia adelante como siempre les enseñó el patriarca con el ejemplo de su trabajo y su determinación para todas las actividades que emprendía (agrícolas, políticas, militares, comerciales) y sobre todo como el estadista visionario que sentó las bases para el México posrevolucionario.
Fue así como se procedió a cumplir las indicaciones expresadas por Obregón en su Testamento ante el Notario Público Roberto H. Orellana el día 27 de marzo de 1926 en Navojoa, Sonora, en el que especificó que: “Todos los bienes y propiedades de la sociedad conyugal corresponden legalmente a mis acreedores y se procederá a su venta para liquidarles sus créditos respectivos debiendo incluirse las propiedades de mis hijos menores… (Si) de la anterior disposición resultare algún excedente a favor de mis herederos, este será distribuido en los términos y proporciones que señala la ley.” (Humberto D. Valdez Ruy Sánchez, libro en proceso de edición “Álvaro Obregón Salido, ocho mil años de historia”).
Dos meses después de la muerte del General se lleva a cabo una reunión formal en la que fuera su casa en Navojoa, en la esquina de Av. Obregón y Otero, para llevar a cabo la diligencia del inventario de los bienes pertenecientes a la testamentaria de Álvaro Obregón Salido. Presentes los señores: Luis A. Salazar, Fernando Aguilar Jr., Ildefonso Gil Lamadrid, José Aurelio Ross, Heliodoro Garcés y el Dr. Alejandro Sánchez. Todos ellos como tutores, respectivamente, de los menores de apellido Obregón: Álvaro, Mayo, Alba, Francisco, Cenobia y Ariel. Además, por sí y como legatarias, las señoritas del mismo apellido: Rosa, María y Cenobia; estando presente también la Sra. María Tapia viuda de Obregón. Después de sumar los saldos a favor en diferentes sociedades comerciales y negocios, cálculo de muebles e inmuebles como “La Quinta Chilla” y una casa en Huatabampo, menos las deducciones por adeudos, se determina un caudal hereditario líquido por la cantidad de $285,878.45 (Apuntes de Manuel Hernández Salomón, ex – cronista de Navojoa).
Julio Scherer García, al hablar en su libro “El Indio que mató al Padre Pro” (Fondo de Cultura Económica, colección Tezontle, 2005)sobre la entrevista que le hiciera en 1961 al General Roberto Cruz Díaz, chihuahuense criado en Cócorit en el Valle del Yaqui, quien como jefe inspector de Policía en la Ciudad de México con Plutarco Elías Calles le tocó dirigir el fusilamiento del padre jesuita Miguel Agustín Pro acusado de ser el autor intelectual del intento de asesinato del General Álvaro Obregón el 13 de noviembre de 1927, menciona lo siguiente: “Plutarco Elías Calles murió pobre, como Carranza, como Adolfo de la Huerta, como el mismo Obregón. Perteneció a esa generación que pensaba que robar a la patria era un crimen, que hacer negocios a la sombra del poder constituye un delito infamante, que el hombre que redondea fortunas desde la cima de la función pública, se degrada y degrada a su pueblo”.

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